jueves, 4 de octubre de 2012

Simbolismo nominal en los personajes de Doña Bárbara

En el Prólogo a Doña Bárbara , Rómulo Gallegos cuenta cómo “una tarde de abril, a orillas de un río llanero” encontró a los personajes fundamentales de su novela. Señalando que la mayor parte de ellos se inspiran en personas reales, los personajes de Santos Luzardo y Marisela tienen su origen, según nuestro autor, en su “pura invención de novelista”. Gallegos dice además, marcando con ello el plan que va a seguir con su novela: “yo no podía limitarme a la pintura de singularidades individuales que compusieran caracteres puros, sino que necesitaba elegir mis personajes entre las criaturas reales que fuesen causas o hechuras del infortunio de mi país, porque algo además de un simple literato ha habido siempre en mí” .
 
Desde esta perspectiva, el objetivo que persigue Gallegos, como tiempo atrás el de Sarmiento, es el de utilizar lo literario como instrumento para el logro de objetivos sociales y políticos. En este contexto, los personajes de su novela (retratados de la realidad o extraídos de la imaginación) cumplen, como ya señala su autor, una función mayor que la de actores de los hechos narrados: representarán el carácter de los determinados tipos humanos que, con sus vicios y sus virtudes, conforman la realidad venezolana de la época. De esto se desprende el valor simbólico de los personajes, que en el texto se configura a través de sus nombres.
 
Por consiguiente, podemos señalar que mediante el simbolismo nominal, Gallegos pretende “nominalizar” caracteres o conductas humanas , de modo tal que para identificar a los personajes alcance con el significado lingüístico de la palabra que constituye su propio nombre , amplificado por los significados que se le asocian desde la lectura del propio texto literario.
 
Mediante el siguiente esquema podemos representar cómo Gallegos utiliza este procedimiento:
 
significante de la “palabra”  significado lingüístico

------------------------------------------------------------------ significado social y político

nombre del personaje  significado literario

Así, tomando como ejemplo el personaje de doña Bárbara, podemos completar el esquema:

“bárbara”  persona cruel, inculta, brutal, etc. caciquismo,

----------------------------------------------------------------------- feudalismo,

doña Bárbara  la devoradora de hombres, la “dañera”, corrupción,

“trágica guaricha”, autoritaria, corrupta, violencia social,

“marimacho”, etc. derecho de la fuerza, etc.

Por otra parte, debemos tener en cuenta que, como ya señalábamos antes, Gallegos construye su novela sobre un sistema de oposiciones: el autor formula un eje estructural semejante al seguido por Sarmiento al enfrentar “civilización” y “barbarie” . Así, a través de un modelo dialéctico, en la novela se proyecta el conflicto entre el mundo civilizado y la barbarie. Si a Facundo Quiroga no se le opone otro personaje , la contraparte de doña Bárbara es Santos Luzardo.
 
Estas oposiciones se extienden a los personajes secundarios, aunque desde una perspectiva de “buenos y malos”, lo cual aleja (y rebaja sociológicamente) la novela respecto de la de Sarmiento: en el caso de los respectivos capataces y los peones, éstos muestran caracteres afines a cada mundo, pero siempre desde la perspectiva “llanera” , siendo Santos Luzardo el único personaje que, si bien se ve influenciado por la barbarie, representa la civilización.
 
Por otra parte, encontramos personajes que no se sitúan estrictamente bajo alguno de las dos categorías, sino que “transitan” de una hacia otra: Marisela, que funciona como ejemplo de transformación o evolución desde la barbarie a la civilización, y Lorenzo Barquero, un “ex hombre”, el resultado del proceso inverso al de Marisela. Y compartiendo ciertos rasgos con ellos, Mister Danger, que si bien se opone a Santos, representa la barbarie del hombre blanco extranjero (supuestamente civilizado) convertido en una especie de pirata oportunista del llano. Asimismo, debemos señalar que una evolución semejante a la de Marisela y Lorenzo Barquero, es la que, con matices, experimentan Santos Luzardo y doña Bárbara, en tanto que el primero acepta “las reglas del juego” del llano y doña Bárbara, movida por su deseo amoroso, alcanza una especie de redención con su desaparición. Consecuentemente, sobre este proceso de oposiciones (no estáticas) las representaciones simbólicas alcanzarán su sentido pleno.

No obstante lo señalado, para críticos como Ülrich Leo, el componente simbólico de la novela está asociado ya no a una finalidad extra-literaria, sino a la propia representación poética, que siendo inherente a toda obra de arte, en la novela se manifiesta a través de tres formas: la comparación, la metáfora y la alegoría . Estas tres formas quedan definidas como sigue:

La comparación poética (inclusive la metáfora) propone, unidos, la imagen y su objeto original, aunque muchas veces con perjuicio sustancial del original; porque la imagen a veces obscurece más que aclara a su objeto [...] evitando más o menos la presentación sustancial y directa del original. En la alegoría se personifica y poetiza cada vez un concepto abstracto, y por sí mismo poco poético. En el símbolo artístico, tomado en su sentido estrecho, se está expresando poéticamente algo que directamente no se puede expresar, por algo capaz de ser poetizado. La comparación es añadidura y adorno estético [...]; la alegoría es puente entre lo lógico y lo poético y tiene naturaleza racional; el símbolo brota del fondo de la existencia irracional y la abre a la expresión poética [...]

Sin embargo, frente a esta perspectiva, en la que según entendemos se destacan los valores estrictamente literarios de la novela, consideramos que se puede hacer valer nuestra propuesta, fundamentalmente si tenemos en cuenta lo indicado por Bella Jozef en “Lectura de Doña Bárbara: una nueva dimensión de lo regional”, quien señala respecto del regionalismo de la novela, que “incorpora nuevas articulaciones literarias que, a veces, va a buscar en el panorama universal” . Este universalismo lo logra mediante la utilización de un sistema de símbolos en el que las representaciones constituyen estereotipos, o lo que es lo mismo: construye un mito .

Jozef señala que en el enfrentamiento entre los personajes de Santos Luzardo y doña Bárbara se encuentra el pathos de la novela, siendo éste el “tema arquetípico de la tragedia” . Esto permite establecer un vínculo entre un espacio simbólico limitado (el del llano y su gente) y un espacio de cualidad universal.
 
En tal sentido, esta representación trágica instaura, tomando la visión aristotélica de la tragedia, una relación entre el discurso y el espectador, de la cual podemos inferir su función social (y política): a través de la empatía, simpatía o antipatía que despierte el símbolo en el espectador (en este caso, el personaje convertido en símbolo o estereotipo), se producirá una disposición o identificación en la persona hacia la idea que porta el propio símbolo.

Asimismo, debemos considerar que, a diferencia de los personajes míticos universales (tomemos por ejemplo Edipo, Medea o Hamlet), Gallegos debe construir sus héroes en (y para) una realidad específica, la de su país, en ese tiempo. Esto hace que nuestro autor recurra a nombrar a sus personajes con palabras cuyo significado lingüístico resulta transparente, estableciendo de este modo el vínculo señalado anteriormente entre un espacio limitado y otro universal.
 
En consecuencia, si volvemos sobre las palabras de Gallegos respecto de los objetivos que persigue con la novela (“necesitaba elegir mis personajes entre las criaturas reales que fuesen causas o hechuras del infortunio de mi país, porque algo además de un simple literato ha habido siempre en mí”) podemos afirmar que el procedimiento del “simbolismo nominal”, entendido como la presentación de un mito, se orienta a cumplir con estos fines, es decir, señalar, desde una perspectiva universalista, la causa de los males de su patria, y luego, proponer una respuesta. O dicho en otros términos, el simbolismo nominal cumple la función de unir la crítica a la realidad representada y el discurso literario.
 
Por otra parte, debemos tener en cuenta que esta respuesta que busca se encuentra en algo externo a la propia realidad: al igual que Sarmiento, Gallegos busca la solución de los “males” de su patria en una ideología foránea .
 
Ahora bien, desde esta perspectiva, y volviendo sobre el modelo que entendemos es utilizado por Gallegos para la construcción de los personajes, podemos comenzar a identificarlos:

1- Doña Bárbara
 
Si establecemos grados al determinar la transparencia lingüística de las palabras utilizadas para identificar a los personajes, el caso de doña Bárbara representa el grado máximo: la palabra “bárbara” puede definirse como: salvaje, cruel, feroz, inhumana, atroz, sanguinaria o bestial.

Una de las primeras menciones que se hace sobre ella la hace el propio Santos Luzardo, interrogando a El Brujeador: “– Dicen que es una mujer terrible [el subrayado es nuestro, en todas las citas], capitana de una pandilla de bandoleros, encargados de asesinar a mansalva a cuantos intenten oponerse a sus designios” (p. 10). De este modo, la primera definición se orienta hacia un término asociado a la barbarie: el caciquismo, el liderazgo a través del ejercicio de la fuerza y la corrupción: “se comprobó que todo, soborno, cohecho, violencia abierta, había sido asombrosamente fácil para la cacica del Arauca” (p. 19). Aunque el poder no sólo lo ejerce mediante la coerción sino de la seducción o la brujería : “ha fustaneado a muchos hombres, y al que no trambuca con sus carantoñas lo compone con un bebedizo [...], porque también es faculta en brujerías” (p.11). También, mediante la posesión del dinero, que la vuelve “bastante rica y muy avara” (p. 28). La sensualidad de la “cacica del Arauca” (p. 116) se manifiesta en su propio cuerpo: “Brillantes los ojos turbadores de hembra sensual, recogidos, como para besar, los carnosos labios [...] la tez cálida, endrino y lacio el cabello abundante” (p. 117). Utiliza sus “ojos acariciadores” y su voz: “flauta del demonio andrógeno que alentaba en ella, grave rumor de selva y agudo lamento de llanura, [...] hechizo de los hombres que la oían” (p. 120). Gallegos resume: “Tal era la famosa doña Bárbara: lujuria y superstición, codicia y crueldad, y allá en el fondo del alma sombría una pequeña cosa pura y dolorosa: el recuerdo de Asdrúbal, el amor frustrado que pudo hacerla buena. Pero aun esto mismo adquiría los terribles caracteres de un culto bárbaro que exigiera sacrificios humanos: el recuerdo de Asdrúbal la asaltaba siempre que se tropezaba en su camino con un hombre en quien valiera la pena hacer presa” (p. 29).

Su evolución viene dada por la transformación que opera en ella a partir de conocer a Santos Luzardo. Al describir su origen, Gallegos nos muestra dos vertientes que confluyen en ella: “Fruto engendrado por la violencia del blanco aventurero en la sombría sensualidad de la india”. No obstante, su inocencia juvenil se ve violentada por los hombres para los que en su juventud sirve, quienes “la brutalizaban con idénticas caricias” (p. 21), siendo violada por El Sapo. Inicialmente el narrador la presenta masculinizada: “Inhibida la sensualidad por la pasión de la codicia y atrofiadas hasta las últimas fibras femeniles de su ser por los hábitos del marimacho [...], más era hombruno tomar que femenino entregarse” (p. 29). Y uno de los hombres de Luzardo la define: “esa mujer es de pelo en pecho, como tienen que serlo todos los que pretenden hacerse respetar en esta tierra” (p. 52).

Como señalamos antes, el amor provoca en ella una transformación. Si en un principio, ella encuentra en la seducción el instrumento para ejercer su poder sobre el hombre, “Quien la amara [...] tenía la vida por tormento” (p. 63), conocer a Santos despierta en ella un confuso erotismo: “se entregaba a una actividad febril, a horcajadas sobre el caballo, amazona repugnante de pantalones hombrunos hasta los tobillos bajo la falda recogida al arzón [...], insultando a los peones [...], y por las noches se encerraba en el cuarto de las conferencias con el ‘Socio’” (p. 111 – 112). La transformación que opera en ella se inicia cuando opta por el simulacro para conquistar a Santos: “montaba a mujeriegas, cosa que no acostumbraba en el trabajo, y todo esto hacía olvidar a la famosa marimacho”. Pero a través de su fingimiento descubre otra motivación: “sintió [...] con toda la fuerza de las intuiciones propias de los espíritus fatalistas, que desde aquel momento su vida tomaba un rumbo imprevisto.” (p. 117), ya que en ella habita la dualidad: “se le revolvían las sangres del blanco y de la india” (p. 125). Pero a pesar de su esfuerzo por dominarse, en ella opera el cambio: “Al principio fue una tumultuosa necesidad de agitación; mas no de aquella, atormentada y sombría, que antes la impulsaba a ejercitar sus instintos rapaces, sino una ansia ardiente de gozar de sí misma con aquella región desconocida de su alma” (p. 126).

Ella comienza a “sentir el primer estremecimiento de esta ansia de bien, que ahora quería adueñársele del corazón hastiado de violencias”. Es una búsqueda de cambio: “ansia naciente de renovación” (p. 127), aunque en ella se mantenga la dualidad: “El hábito del mal y el ansia del bien, lo que ella era y lo que anhelaba ser para que pudiese amarla Santos Luzardo [...] se confundieron [...] en una masa informe de sentimientos elementales” (p. 172). Esto motiva múltiples preguntas: “¿No estaba ella, tal cual era, con todo el vigor de su naturaleza, en aquel anhelo de sepultar para siempre a la mujerona siniestra de la mano tinta en sangre, a la bruja como acababa de llamarla Marisela?” (p. 173).

Santos también busca en ella el cambio: “yo me he equivocado al venir a pedirle a usted lo que usted no puede dar: sentimientos maternales” (p. 130). Esta afectividad que intenta despertar el protagonista en doña Bárbara hacia su hija, y el amor que genera él en ambas mujeres, es lo que permite el desarrollo del conflicto, y con ello la “redención” de doña Bárbara. A diferencia de lo que propone Sarmiento (por continuar con nuestra comparación) Gallegos descubre que en la propia barbarie se encuentra el germen del cambio, lo cual explica las palabras con las que cierra la novela: “¡Llanura venezolana! ¡Propicia para el esfuerzo, como lo fue para la hazaña, tierra de horizontes abiertos, donde una raza buena, ama, sufre y espera! ...” (p. 243).

La irracionalidad de doña Bárbara la lleva a creerse su propio engaño: “pero ‘el Socio’ se las arrebató de los labios [sus palabras] y las pronunció con esa entonación [...] que tiene la propia voz devuelta por el eco” (p. 173). Asimismo, esta tendencia cada vez mayor hacia lo irracional despierta en ella un impulso de muerte : transita entre el deseo de destruir a Santos y la búsqueda de la autodestrucción: “A todo estaba dispuesta: a entregar sus obras y a cambiar de vida, porque ya no la impulsaba un capricho momentáneo sino una pasión [...] en la cual no todo era sed de amor, sino también ansia de renovación” (p. 197).
 
Así, genera confusión en los otros (“Con esta mujer no hay brújula” (p. 210), ya que “la famosa acaparadora del cajón del Arauca [...] no venía a entablar querellas, sino, por el contrario, a llevar a cabo reparaciones insólitas”. Llegada a la ciudad, se ha convertido en mito, ya que con “las mil historias de sus amores y crímenes, muchas de ellas pura invención de la fantasía popular [...] la mujerona adquiría caracteres de heroína sombría, [...] era casi un personaje de leyenda que excitaba la imaginación de la ciudad” (p. 234).
 
Finalmente, el impulso de muerte la conduce a entregarlo todo: “Soñaba, como una jovencita ante su primer amor, haciéndose la ilusión de haber nacido a una vida nueva y diferente, olvidada de su pasado”, pero “la ciudad [...] quería hacerla recordar la historia que ella se empeñaba en olvidar” (p. 236). Entonces, al descubrir que su pasado siempre la condicionará, decide buscar la desaparición total: “como los pasos de doña Bárbara, sombra errante y silenciosa a lo largo del ribazo” (p. 237). Esto la conduce hacia la plena necesidad de morir: “se encontraba ahora en presencia de algo contra lo que no sabía luchar” (p. 238). La percepción de la muerte la invade, pero desde su dualidad: “Presentía el fracaso de las esperanzas puestas en la entrega de sus obras, y el fatalismo del indio que llevaba en la sangre la hacía mirar ya, a pesar suyo, hacia los caminos de renunciación” (p. 238) Esto, a su vez, le presenta dos caminos posibles cuyo final es la muerte: en uno la de su hija, en el otro, la suya propia: “Puesto el ojo en la mira que apuntaba al corazón de la muchacha embelesada [Marisela], doña Bárbara se había visto, de pronto, a sí misma [...] pendiente de las palabras de Asdrúbal, y el doloroso recuerdo le amansó la fiereza [...] y aquella ansia de formas nuevas que tanto la había atormentado tomó cuerpo en una emoción maternal, desconocida para su corazón” (p. 240). Descubre que ese sentimiento maternal la conduce hacia la muerte: “Había envejecido en una noche, tenía la faz cavada por las huellas del insomnio, pero mostraba también, impresa en el rostro y en la mirada, la calma trágica de las determinaciones supremas” (p. 241).

2- Santos Luzardo
 
En este nombre se conjugan dos palabras con significados asociables y oponibles: “santo” y “luz”. Ambas palabras pueden asociarse en un sentido místico, en que representan la bondad del hombre civilizado frente a la maldad de la barbarie (de los términos “bruja” y “oscuridad” asociables a doña Bárbara). Pero también pueden señalar una oposición en tanto que el término “luz” puede figurarnos una idea alejada de todo sentido religioso, en el sentido de “iluminación” positiva a partir del conocimiento.

Sobre esta ambigüedad, que resulta paralela a la de doña Bárbara, debemos tener en cuenta que su evolución se caracteriza por esta tensión interna: “dos corrientes contrarias [...] el deseo de consagrarse a la obra patriótica, a la lucha contra el mal imperante, contra la Naturaleza y el hombre [...]; propósito desinteresado, hasta cierto punto, pues lo que menos contaba en él era el ansia de reconquistar la riqueza dedicándose a restaurar el hato [...] la llanura semibárbara, ‘tierra de los hombres machos’”. Santos Luzardo persigue un “vasto plan civilizador” (p. 40), como una fuerza superior que domina siempre su costado salvaje. Así, en el inicio de la novela, el autor describe su “alma cimarrona” de Santos Luzardo (p. 18), aunque: “los hábitos intelectuales habían barrido de su espíritu las tendencias hacia la vida libre y bárbara del hato” (p. 19). En su primera aparición, el narrador indica: “Su aspecto y su indumentaria denuncian al hombre de la ciudad, cuidadoso del buen parecer” (p. 8). Pero la fuerza telúrica del llano, que se encuentra en su propio interior, en su pasado y en su sangre: “La vida del Llano [...] pondría en peligro la obra de sus mejores años, consagrados al empeño de sofocar las bárbaras tendencias del hombre de armas tomar, latente en él.” (p. 40), peligro que le es revelado por Lorenzo Barquero): “Tú también has oído ya la llamada de la devoradora de hombres.” (p. 71)

Santos Luzardo avanza hacia la búsqueda de su objetivo introduciendo modificaciones en las costumbres del llano,“todo lo que contribuyese a suprimir ferocidad tenía una importancia grande para su espíritu” (p. 81). La primera de ellas, la delimitación de los territorios mediante el uso del alambrado: “Luzardo se quedó pensando en la necesidad de implantar la costumbre de la cerca. Por ella empezaría la civilización de la llanura” (p. 82) Y la luz de la razón y el progreso lo inunda: “Algún día será verdad. El progreso penetrará en la llanura y la barbarie retrocederá vencida. Tal vez nosotros no alcanzaremos a verlo; pero sangre nuestra palpitará en la emoción de quien lo vea” (p. 83).
 
Por otra parte, la mirada de doña Bárbara nos lo describe: “La subyugaba aquel insólito aspecto varonil, aquella mezcla de dignidad y de delicadeza que nunca había encontrado en los hombres que la trataran, aquella impresión de fortaleza y de dominio de sí mismo” (p. 118). No obstante, el “carácter de caporal de sabana” (p. 119) que comienza a exhibir, lo lleva a acercarse al mundo bárbaro: “había experimentado la curiosidad, meramente intelectual, de asomarse sobre el abismo de aquella alma” (p. 120). Y doña Bárbara intenta mover en él las fibras de la pasión, pero se muestra firme y esto hace que ella experimente “placer en hallar autoritario a aquel hombre” (p. 128).

Pero el riesgo de convertirse en un integrante más de la llanura viene generado por la invitación que le hace Lorenzo Barquero: “Mátala y conviértete en el cacique del Arauca. Los Luzardos no fueron sino caciques y tú no puedes ser otra cosa [...] En esta tierra no se respeta sino a quien ha matado. No le tengas grima a la gloria roja del homicida” (p. 140 – 141). Santos reflexiona sobre lo que hubiera sido de él de haberse quedado en el llano: “- Si en vez de llevarme a Caracas, mi madre me hubiera dejado por aquí [...] yo no sería hoy el doctor, sino el coronel Santos Luzardo” (p. 191). Pero al no poder imponer sus normas descubre la frustración “- Que el atropello me lanza a la violencia y que acepto el camino” (p. 193). Pero esto entraña peligros, ya que “El doctor se ha echado por un camino que no es el de él y que no lleva a buen fin” (p. 207). No obstante, Santos decide asumir otra ley distinta de la que profesa: “si no pudo vindicar ante la justicia subordinada a la violencia sus derechos atropellados, sí sabría defenderlos en lo sucesivo con la fiera ley de la barbarie: la bravura armada” (p. 212). Así, vuelve a la “intempestiva regresión a la barbarie que atormentó su primera juventud” (p. 215). Esto lo lleva a empuñar las armas: “Moralmente, ya él pertenecía a la gavilla de asesinos de la cacica del Arauca”. Santos cree haberse convertido en un asesino, y al mismo tiempo “ejecutor de los designios de la mujerona” (p. 223). Lorenzo le dice: “¿Tú también has oído la llamada?” (p. 228)

Pero Santos Luzardo “ve acercarse la luz salvadora” (p. 228), ya que descubre que “su verdadera obra, porque la suya no podía ser exterminar el mal a sangre y fuego, sino descubrir [...] las fuentes ocultas de la bondad de su tierra y de su gente [...] aquella noche también para Marisela bajó la luz al fondo de la caverna” (p. 229). El tópico de la luz como conocimiento y liberación alcanza su máxima expresión al unirse al nombre del personaje.

3- Mister Danger
 
Las dos palabras que componen su nombre remiten por un lado a su origen extranjero, y luego a su función como personaje. En ocasiones se nos presenta como “Mister Danger”, aunque en otras como “Mister Peligro”. El término “mister” nos puede remitir ya no a un uso de cortesía sino a una nueva forma de identificación feudal. “Danger” o “peligro” resultan notoriamente transparentes respecto de su funcionalidad en el texto y en la relación entre discurso y sociedad: el personaje representa el peligro extranjero, un nuevo conquistador, que ocupa el territorio y lo explota.
 
En tal sentido, su presentación resulta evidente: “Era una gran masa de músculos, bajo una piel roja, con un par de ojos muy azules y unos cabellos color de lino. Había llegado por allí hacía algunos años, con un rifle al hombro, cazador de tigres y caimanes. Le agradó la región, porque era bárbara como su alma, tierra buena de conquistar, habitada por gentes que él consideraba inferiores por no tener cabellos claros y los ojos azules [...] él se limitó a plantar cuatro horcones, en un terreno ajeno y sin pedir permiso” (p. 84).

Gallegos nos indica que “había cierto misterio en torno a su persona”, ya que es una persona con una multiplicidad de identificativos, pero no nombres. Un artículo de periódico lo llamaba: “The Man Without Country, en las cuales se protestaba contra cierta injusticia cometida con un ciudadano a quien no se nombraba, y que, a su decir era él; y aunque nunca [lo] explicó […] se le abrieron todas las puertas en espera de los ríos de dólares que iban a correr por la llanura” (p. 84 – 85).
 
Su función en la novela es la de construir un conflicto paralelo al de doña Bárbara, explota a Lorenzo Barquero y conoce los secretos de la Cacica, en cuyas trampas nunca ha caído.

4- Ño Pernalete
 
Las palabras que identifican su nombre tienen cierta cercanía con las de Mister Danger. El grado de transparencia es menor frente a las anteriores. No obstante, se puede observar que “ño” remite a “señor”, aunque desde la forma que podría utilizar cualquiera de los habitantes del llano. “Pernalete”, en tanto, se asocia a “pierna”. Esta palabra, en Latinoamérica puede hacer referencia a “colaboración”.
 
Pernalete queda definido como sigue: “Se parecía a casi todos los de su oficio [...] pues no poseía ni más ni menos que lo necesario para ser Jefe Civil de pueblos como aquél: una ignorancia absoluta, un temperamento despótico y un grado adquirido en correrías militares. De coronel era el que había ganado en las de su juventud; pero aunque sus amigos y servidores tendían a darle, a veces, el de general, el resto de la población del Distrito prefería llamarlo ño Pernalete” (p. 98). La caricaturización de su nombre va asociada a su carácter bárbaro: “no podía concebir la autoridad sino a la manera despótica como lo entiende el bárbaro, mucho menos se las toleraría a quien ya se había atrevido a invocar contra sus desmanes el imperio de la ley” (p. 189), y a su carácter traicionero: “era como las bestias que luego de derribar al jinete lo cocean en el suelo” (p. 192). Rtambién, en el pasado de la historia, sabemos que ha formado parte del grupo que asesina a los padres de Carmelito y Rafael.
 
Su autoritarismo puede encontrarse en sus gestos: “al decir así descargó todo el peso de su dictatorial machete sobre el escritorio del juez”, pero esto no lo hace ser necio ante la posibilidad de caer en el error: “Déspota por naturaleza, pero taimado al mismo tiempo, si ño Pernalete no aceptaba que se rebatiesen sus opiniones o procedimientos, también era cierto que si encontraba convincentes las razones contrarias, en seguida buscaba la manera de adoptarlas” (p. 190).
 
5- Juan Palacios, Pajarote
 
En este caso, la palabra “pajarote” resulta transparente en su sentido metafórico, puesto que se vincula humorísticamente con la persona: se asocia a lo caricaturesco, ya que no se trata de un “pájaro”.

El personaje es un “zambo” que se define a sí mismo sin nada que esconder: “yo no soy sino lo que se me ve por encima” (p. 39). Sus dotes artísticas destacan: “La vida andariega del encaminador de ganados y la imaginación vivaz suministrábanle mil aventuras que narrar, a cuál más extraordinaria” (p. 47). También: “tenía fama de ser el mejor bailador de zamuros de todos aquellos contornos, y, en efecto, lo ayudaba mucho lo canilludo y descalichado que era” (p. 150).

Su función principal en la novela la encuentra al acompañar a Santos al encuentro con el Brujeador: “si Pajarote no reclamaba esta gloria [del asesinato de el Brujeador], por una delicadeza de bárbara hidalguía, pues se trataba de una hazaña que muchos codiciaban y no quería regateársela al doctor” (p. 231). Su lealtad hacia Luzardo lo lleva a convencerlo de que acepte que no debe asumir el crimen en el que han participado: “Santos no pudo menos que sonreír: al dios de Pajarote, como al amigo del cuento de ño Pernalete, no le producían escrúpulos los puntos sobre las haches” (p. 233).
 
6- Juan Primito
 
El nombre de este personaje no resulta transparente. No obstante, partiendo de que en los personajes anteriores nos encontramos con una utilización caricaturesca de los nombres, en este caso podemos suponer lo mismo. Dentro de la lengua familiar, es sinónimo de “negro”; por extensión, se puede inferir un uso peyorativo, como “tonto”.

Su definición es clara: “Un bobo de allá de El Miedo, que todo lo descubre y es un telégrafo para transmitir novedades” (p. 30 – 31). La descripción física se ajusta a su carácter: “Greñudo, piojoso y con una barba hirsuta que no había manera de que conviniese en recortársela, era el recadero de doña Bárbara un bobo con alternativas de lunático furioso, aunque no desprovisto de atisbos de malicia., cuyas manías más singulares consistían en no beber el agua de las casas del El Miedo [...] y en colocar sobre los techos de los careyes cazuelas llenas de los más extraños líquidos para que bebiesen unos pájaros fantásticos que denominaba rebullones.” (p. 110)
 
7- Melquíades Gamarra, el Brujeador
 
En este personaje, el apodo resulta transparente frente al nombre; no obstante, si bien podemos suponer que en su nombre existen algunas resonancias con la palabra “mal”, la palabra verdaderamente significativa es “gamarra”, que significa “correa que aprieta el freno e impide que el caballo mueva la cabeza”. Respecto de la palabra “brujeador” resulta más significativa que “brujo”, puesto que connota un significado menos concluyente y determinativo.
 
Su descripción física apunta a su exotismo: “es uno de esos hombres inquietantes, de facciones asiáticas, que hacen pensar en alguna semilla tártara caída en América quién sabe cuándo ni cómo. Un tipo de razas inferiores, crueles y sombrías, completamente diferente del de los pobladores de la llanura” (p. 8). Su carácter queda definido como sigue: “– Piense usted lo peor que pueda pensar de un prójimo y agréguele todavía una miajita más [...] era un salteador de la montaña de San Camilo” (p. 10 - 11). Con doña Bárbara, comparte la afición por la brujería: “Brujos ambos, habían aprendido de los ‘dañeros’ indios a no mirarse nunca a los ojos” (p. 44), aunque su función es la de “espaldero”: “Era el espaldero de doña Bárbara uno de esos sujetos tortuosos y agazapados que siempre necesitan manifestar todo lo contrario de lo que sienten” (p. 45). Doña Bárbara dice: “Para las puñaladas, Melquíades” (p. 110). No obstante, la violencia que encarna queda matizada por su carácter: “la calma trágica de aquel hombre, que nunca se alteraba ni apresuraba por nada.” (p. 176)

La palabra “gamarra”, adquiere significado pleno cuando se conoce su principal “don”, “brujear” caballos: “La más inocente de las ocupaciones a que lo destinaba doña Bárbara era la de trasnochar caballos. Consistía esto en sorprender las yeguadas dormidas [...] y perseguirlas durante la noche [...] de manera que se encaminasen hacia un corral falso, disimulado al efecto entre el monte. De su condición de brujo y por haber sido él quien introdujo en la región este procedimiento que simplificaba las faenas de la caza de mostrencos, decíase de este oficio, indiferentemente, trasnochar o brujear caballos.” (p. 175)
 
8- Lorenzo Barquero
 
Sobre este personaje no resulta tan claro determinar la existencia de un verdadero simbolismo nominal. Partiendo de la intuición de que éste existe, podemos suponer que en la palabra “barquero” se encuentre la clave: si lo desciframos desde una perspectiva mitológica, podemos inferir que representa al conductor de los muertos al infierno. Evidentemente, en este caso nos alejaríamos del modelo arriba presentado, puesto que la palabra nos remitiría a su representación sólo a través de una connotación lejana, mediante su valor simbólico establecido en un contexto determinado, puesto que la palabra “barquero” cumple por sí misma con la idea de transparencia lingüística, aunque no con la misma claridad con la que sí lo hace, por ejemplo, la palabra “bárbara”.
 
Si aceptamos que Gallegos identifica el nombre del personaje con un símbolo, en primer lugar, debemos destacar que el mismo Lorenzo ha sido quien ha tomado el camino del infierno: “empezó a manifestarse en él un extraño caso de regresión moral [...] y tomó el camino del Llano” (p. 25) “y no fue necesario que transcurriera mucho tiempo para que de la gallarda juventud de aquel que parecía destinado a un porvenir brillante sólo quedara un organismo devorado por los vicios más ruines, una voluntad abolida, un espíritu de regresión brutal” (p. 26).

La identificación mitológica la podemos detectar cuando el autor utiliza el epíteto de “Espectro de la Barquereña” (p. 66) para referirse a él. Lorenzo es el anunciador del cambio de Santos Luzardo: “¡la llamada! El reclamo fatal de la barbarie” (p. 70). El llano ejerce sobre él una fuerza incontrolable: “– ¡La llanura! ¡La maldita llanura, devoradora de hombres!” (p. 72)
 
Como anteriormente señalamos, este personaje representa una involución, una evolución y nuevamente una involución, es un hombre destruido por doña Bárbara, al que Luzardo intenta recuperar, siendo esto imposible: “Ya era tiempo de ponerle fin a aquella mentira de su regeneración moral. [...] Allá en el rancho del palmar volvería a entregarse a la borrachera, allá estaba el tremedal que debía tragárselo.” (p. 184)

9- Los Mondragones
 
El significado del nombre de estos personajes no se encuentra en el colectivo que los identifica, sino en el de cada uno de ellos. Gallegos los presenta: “Eran los Mondragones tres hermanos, oriundos de las llanuras de Barinas, a los cuales por su bravura y fechorías apodaba: Onza, Tigre y León. Fugitivos por crímenes cometidos en los llanos de aquel Estado, pasaron al de Apure y, después de haber merodeado y practicado el abigeato durante algún tiempo, entraron al servicio de doña Bárbara”. (p. 61 – 62)
 
Como las parcas, ellos son una “temible trinidad” (p. 198); individualizándolos, nos encontramos con que cada uno de ellos es apodado como un felino, en grado creciente conforme a su ferocidad: la palabra “onza”, refiere a un felino salvaje, aunque domesticable, que habita en Asia; sobre la palabra “tigre” no resultan necesarios mayores comentarios, dada su transparencia; de igual modo, la palabra “león” también resulta transparente.
 
10- Marisela, Balbino Paiba, Antonio Sandoval, María Nieves, Carmelito, Rafael, Mujiquita

Sobre estos personajes no resulta posible establecer ninguna simbología respecto de sus nombres. Sí detectamos ciertas resonancias en los nombres: Marisela, nos remite lógicamente a la palabra “mar” y Mujiquita a la palabra “musiquita”; Balbino Paiba resulta casi cacofónico; y María Nieves, es el nombre femenino de un hombre. Sobre los otros, no podemos señalar nada.

Como conclusión, podemos volver sobre el comienzo de este trabajo. Allí mencionábamos que Gallegos pretendía mostrar los caracteres reales “que fuesen las causas o hechuras del infortunio de mi país”. ¿Podemos afirmar que cumple con su misión? Entendemos que no. Probablemente el paso del tiempo nos convierte en unos lectores diferentes de los que supuso nuestro autor. Hoy encontramos en los personajes de la obra unos caracteres singulares con notables valores literarios: identificamos personajes literarios, no símbolos basados en los vicios y las virtudes humanas ni enemigos del destino de una nación. Quizás éste sea el mayor logro de la obra.
 

miércoles, 3 de octubre de 2012

“Los historiadores recuerdan lo que otros quieren olvidar”

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Cultura  |  Martes, 2 de octubre de 2012
Eric Hobsbawm (1917-2012) > Un reportaje de Página/12

"Los historiadores recuerdan lo que otros quieren olvidar"

En junio cumplió 95. Ayer, el historiador que escribió Rebeldes primitivos, La era de la revolución y la Historia del siglo XX, entre tantos libros, murió en Londres de una neumonía. Página/12 incluye un reportaje a Eric Hobsbawm que publicó el 29 de marzo de 2009. La crisis de Lehman Brothers había comenzado en septiembre de 2008. Hobsbawm no dudó de la depresión que vendría. Y se dejó tiempo para hablar de cine, de Marx y de Tolstoi.

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Por Martín Granovsky

Eric Hobsbawm aparece en la puerta de la Embajada de Alemania en Londres. Son poco más de las tres de la tarde en la hermosa Belgrave Square y las banderas de las embajadas se adivinan por detrás de las copas de los árboles. Lleva anteojos, la gorra puesta, un abrigo no muy pesado. Saluda. Tiene manos grandes y huesudas, pero no parecen las manos de un viejo. Ninguna deformación de artritis las atacó. Muy pronto una pequeña prueba demuestra que las piernas de Hobsbawm también están en buena forma. Baja con agilidad los tres escalones que llevan del palier a la vereda. Parece ver bien. Tiene un bastón en la mano derecha. No se apoya en él, pero quizá lo use como un seguro, por si trastabilla, o como un sensor de alerta temprana que detecta escalones, charcos y, de inmediato, el cordón de la vereda. Hobsbawm es alto y flaco. Uno ochenta y pico. No pide ayuda. El chofer del Foreign Office que nos acompaña le abre la puerta izquierda del Jaguar negro. Entra en el auto con facilidad. El coche es grande, por suerte, y cabe, pero el viaje igual es corto.

–Vino un historiador alemán, por eso estoy en la embajada, y debo volver –avisa–. Llegó de visita a Londres y quiso conversar con algunos de nosotros. Sé que vamos a Canning House. Está bien. Poco trayecto, ¿no?

El auto da media vuelta a Belgrave Square y se detiene frente a otro palacete blanco de tres escalones, porche rodeado de columnas y puerta de madera pesada. Por algún motivo mágico el conductor de pelo blanco con mechón sobre la cara, traje azul y sonrisa como la del ayudante del inspector Morse de Oxford, ya le abre a Hobsbawm. Entre esas construcciones tan parecidas, la elegancia del Jaguar lo asemeja a un carruaje recién lustrado. El cochero sonríe cuando Hobsbawm desciende. El profesor le devuelve la simpatía mientras trepa con facilidad hasta un hall oscuro. Ya entró en Canning House y a la derecha ve una enorme imagen de José de San Martín. A la izquierda del pasillo, una gran sala. El té ya está servido. Es decir, el té, las masas y una torta. Otro cuadro del mismo tamaño que el de San Martín. Es Simón Bolívar. Y también es Bolívar el caballero del busto sobre el aparador. ¿Cuánto té habrán tomado Bolívar y San Martín antes de salir de Londres a Sudamérica, a principios del siglo XIX, para cumplir su plan de independencia?

Hobsbawm apura la primera taza y quiere ser él quien arroje la primera pregunta.

–¿Cómo está la Argentina? –interroga pero no tanto, porque no espera y comenta–. El año pasado Cristina estuvo por venir a Londres para una reunión de presidentes progresistas y pidió verme. Yo dije que sí, pero ella no vino. No fue su culpa. Estaba en medio de la confrontación con la Sociedad Rural.

Hobsbawm habla un inglés sin la afectación ni el tartamudeo de algunos académicos del Reino Unido. Pero acaba de pronunciar "Sociedad Rural" en castellano.

"¿Qué pasó con ese conflicto?", pregunta. Tras la explicación correspondiente, el profesor inclina la cabeza, más curioso que antes, mientras con la mano derecha su tenedor intenta cortar la tarta de manzana. Es una tarea difícil. Entonces se desconcentra de la tarta y fija la mirada esperando, ahora sí, alguna pregunta.

–El mundo está complejo –afirma, sin embargo, manteniendo la iniciativa–. No quiero caer en slogans, pero es indudable que el Consenso de Washington murió. La desregulación salvaje ya no sólo es mala: es imposible. Hay que reorganizar el sistema financiero internacional. Mi esperanza es que los líderes del mundo se den cuenta de que no se puede renegociar la situación para volver atrás, sino que hay que rediseñar todo hacia el futuro.

–La Argentina experimentó varias crisis, la última fuerte en 2001. En 2005 el presidente Néstor Kirchner, de acuerdo con el gobierno brasileño, que también lo hizo, pagó al FMI y desenganchó a la Argentina del organismo para que el país no siguiera sometido a sus condicionalidades.

–Es que a esta altura se necesita otro FMI absolutamente distinto, con otros principios, que no dependa sólo de los países más desarrollados y en el que una o dos personas toman las decisiones. Es muy importante lo que están proponiendo Brasil y la Argentina para cambiar el sistema actual. ¿Cómo están las relaciones entre ustedes?

–Muy bien.

–Eso es muy importante. Manténganlas. Las buenas relaciones entre gobiernos como los de ustedes son muy importantes en medio de una crisis que también implica riesgos políticos. Para los standards norteamericanos, los Estados Unidos están girando a la izquierda y no a la extrema derecha. Eso también es bueno. La Gran Depresión llevó políticamente al mundo a la extrema derecha en casi todo el planeta, con excepción de los países escandinavos y los Estados Unidos de Roosevelt. Incluso en el Reino Unido llegó a haber miembros del Parlamento que eran de extrema derecha.

–¿Y qué alternativa aparece?

–No lo sé. ¿Sabe cuál es el drama? El giro a la derecha tuvo dónde recostarse: en los conservadores. El giro a la izquierda también tuvo en qué descansar: en los laboristas.

–Los laboristas gobiernan el Reino Unido.

–Sí, pero me gustaría hacerle un planteo más general. Ya no existe la izquierda tal como era.

–¿La extraña?

–Lo señalo.

–¿A qué se refiere cuando dice "la izquierda tal como era"?

–A las distintas variantes de la izquierda clásica. A los comunistas, naturalmente. Y a los socialdemócratas. ¿Pero sabe qué pasa? Todas las variantes de la izquierda precisan del Estado. Y durante décadas de giro a la derecha conservadora, el control del Estado se hizo imposible.

–¿Por qué?

–Muy sencillo. ¿Cómo controla usted el Estado en condiciones de globalización? Conviene recordar que a principios de los '80 no sólo triunfaron Ronald Reagan y Margaret Thatcher. En Francia, François Mitterrand no logró una victoria.

–Usted habla de su primera presidencia, la que ganó en las elecciones de 1981.

–Sí, de la primera. Mitterrand ganó, pero cuando intentó una unidad de izquierdas para nacionalizar un sector mayor de la economía no tuvo el poder suficiente para hacerlo. Fracasó por completo. La izquierda y los partidos socialdemócratas se retiraron de la escena, derrotados, convencidos de que nada podía hacerse. Y entonces, no sólo en Francia sino en todo el mundo, quedó claro que el único modelo que podía imponerse con poder real era el capitalismo absolutamente libre.

–¿Por qué dice "absolutamente"?

–Porque con libertad absoluta para el mercado, ¿quién atiende a los pobres? Esa política, o la política de la no política, es la que se desarrolló con Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Y funcionó –dentro de su lógica, claro, que no comparto– hasta la crisis que comenzó en el 2008. Frente a la situación anterior la izquierda no tenía alternativa. ¿Y frente a ésta? Fijémonos, si quiere, en la izquierda más clásica de Europa. Es muy débil en Europa. O está fragmentada. O desapareció. Refundación Comunista en Italia es débil y las otras ramas del ex Partido Comunista Italiano están muy mal. Izquierda Unida en España también está cayendo de la ladera de la colina. Algo quedó en Alemania. Algo en Francia, con el Partido Comunista. Ni esas fuerzas, y menos aún la izquierda más extrema, como los trotskistas, y ni siquiera una socialdemocracia como la que describí antes, alcanzan todavía como respuesta a esta crisis y a sus peligros. La misma debilidad de la izquierda aumenta los riesgos.

–¿Qué peligro ve?

–En períodos de gran descontento como el que empezamos a vivir, el gran peligro es la xenofobia, que alimentará y a su vez será alimentada por la extrema derecha. ¿A quién buscará esa extrema derecha? Buscará atraer a los "estúpidos" ciudadanos que cuidan su trabajo y temen perderlo. Y digo estúpidos irónicamente, quiero aclararle. Porque ahí reside otro fracaso evidente del fundamentalismo de mercado. Dejó libertad para todo. ¿Y la verdadera libertad de trabajo? ¿La de cambiarlo y mejorar en todos los aspectos? Esa libertad no la respetó porque, para el fundamentalismo de mercado, habría resultado políticamente intolerable. También habrían sido políticamente intolerable la libertad absoluta y la desregulación absoluta en materia laboral, al menos en Europa. Yo temo una era de depresión.

–¿Usted no tiene dudas, ya, de que entraremos en depresión?

–Si lo desea podemos hablar técnicamente, como los economistas, y cuantificar trimestres. Pero no hace falta. ¿Qué otra palabra puede usar uno para denominar un tiempo en el que muy velozmente millones de personas pierden su empleo? De cualquier manera, hasta el momento no veo un escenario de una extrema derecha ganando por mayoría en elecciones, como ocurrió en 1933 cuando Alemania eligió a Adolf Hitler. Es paradójico, pero con un mundo muy globalizado un factor impedirá la inmigración, que a su vez suele ser la excusa para la xenofobia y el giro hacia la extrema derecha. Y ese factor es que la gente emigrará menos –hablo en términos masivos– al ver que en los países desarrollados la crisis es tan vasta. Volviendo a la xenofobia, el problema es que aunque la extrema derecha no gane podría ser muy importante en la fijación de la agenda pública de temas y terminaría por imprimirle una cara muy fea a la política.

–Dejemos a un lado la economía por el momento. Pensando en política, ¿qué cosa disminuiría el riesgo de xenofobia?

–Me parece bien, vamos a la práctica. El peligro disminuiría con gobiernos que gocen de la suficiente confianza política por parte del pueblo por su capacidad de restaurar el bienestar económico. La gente debe ver a los políticos como gente capaz de garantizar la democracia, los derechos individuales y, al mismo tiempo, coordinar planes eficaces para salir de la crisis. Ahora que hablamos de este tema, ¿sabe que veo a los países de América latina sorprendentemente inmunes a la xenofobia?

–¿Por qué?

–Yo le pregunto si es así. ¿Es así? –interroga ahora Hobsbawm a su entrevistador.

–Es posible. No diría que son inmunes si uno piensa, por ejemplo, en el tratamiento racista de un sector de Bolivia hacia Evo Morales, pero al menos en los últimos 25 años de democracia, por tomar la antigüedad de la democracia argentina, la xenofobia y el racismo nunca fueron masivos ni nutrieron partidos de extrema derecha, que son muy pequeños. No pasó ni siquiera con la crisis del 2001, que culminó el proceso de destrucción de millones de empleos, a pesar de que la inmigración boliviana ya era muy importante en número. Ahora, no hablamos de los cantos de las hinchadas de fútbol, ¿no?

–No, yo lo pienso en términos masivos.

–Entonces las cosas parecen ser como usted las piensa, profesor. Y, como en otros lugares del mundo, el pensamiento de la extrema derecha aparece por ejemplo con la crispación sobre la seguridad y la inseguridad en las calles.

–Sí, América latina es interesante. Yo lo intuyo. Fíjese el país más grande, Brasil. Lula mantuvo algunas líneas de estabilidad económica de Fernando Henrique Cardoso, pero extendió enormemente los servicios sociales y la distribución. Algunos dicen que no es suficiente...

–¿Y usted qué dice?

–Que no es suficiente. Pero que lo que Lula hizo, lo hizo. Y es muy significativo. Lula es el verdadero introductor de la democracia en Brasil. Y nadie lo había hecho nunca en la historia de ese país. Por eso hoy tiene el 70 por ciento de popularidad, a pesar de los problemas previos a las últimas elecciones. Porque en Brasil hay muchos pobres y nadie jamás hizo tantas cosas concretas por ellos, desarrollando a la vez la industria y la exportación de productos elaborados. Aunque la desigualdad sigue siendo horrorosa. Pero hacen falta muchos años para cambiar más las cosas. Muchos.

–Y usted piensa que serán años de depresión mundial.

–Sí. Lamento decirlo, pero apostaría a que habrá depresión y que durará algunos años. Estamos entrando en depresión. ¿Sabe cómo se da cuenta uno? Hablando con gente de negocios. Bueno, ellos están más deprimidos que los economistas y que los políticos. Y a la vez, esta depresión es un gran cambio para la economía capitalista global.

–¿Por qué está tan seguro?

–Porque no hay vuelta atrás hacia el mercado absoluto que rigió en los últimos 40 años, desde la década del '70. Ya no es una cuestión de ciclos. El sistema debe ser reestructurado.

–¿Le puedo preguntar otra vez por qué está tan seguro?

–Porque ese modelo no sólo es injusto: ahora es inviable. Las nociones básicas según las cuales las políticas públicas debían ser abandonadas, ahora están siendo dejadas de lado. Fíjese lo que hacen, y a veces lo que dicen, dirigentes importantes de países desarrollados. Están intentando reestructurar las economías para salir de la crisis. No estoy elogiando. Estoy describiendo un fenómeno. Y ese fenómeno tiene un elemento central: ya nadie siquiera se anima a pensar que el Estado puede no ser necesario para el desarrollo económico. Ya nadie dice que bastará con dejar que fluya el mercado, con su libertad total. ¿No ve que el sistema financiero internacional ya ni funciona? En un sentido, esta crisis es peor que la de 1929-1933, porque es absolutamente global. Los bancos ni funcionan.

–¿Dónde vivía usted en ese momento, a comienzos de los años '30?

–Nada menos que en Viena y Berlín. Era un chico. Qué horroroso ese momento. Hablemos de cosas mejores, como Franklin Delano Roosevelt.

–Usted lo rescató en una entrevista con la BBC al principio de la crisis.

–Sí, y rescato los motivos políticos de Roosevelt. En política aplicó el principio de "Nunca más". Con tantos pobres, con tantos hambrientos en los Estados Unidos, nunca más el mercado como factor exclusivo de asignación de recursos. Por eso decidió realizar su política de pleno empleo. Y de ese modo no solamente atenuó los efectos sociales de la crisis sino sus eventuales efectos políticos de fascistización sobre la base del miedo masivo. El sistema de pleno empleo no modificó de raíz la sociedad, pero funcionó durante décadas. Funcionó razonablemente bien en los Estados Unidos, funcionó en Francia, produjo la inclusión social de mucha gente. Se basó en el Estado de bienestar combinado con una economía mixta que tuvo resultados muy razonables en el mundo de la segunda posguerra. Algunos Estados fueron más sistemáticos, como Francia, que implantó el capitalismo dirigido, pero en general las economías eran mixtas y el Estado estaba presente de un modo u otro. ¿Podremos hacerlo de nuevo? No lo sé. Lo que sé es que la solución no estará sólo en la tecnología y el desarrollo económico. Roosevelt tuvo en cuenta el costado humano de la situación de crisis.

–Es decir que para usted las sociedades no se suicidan.

–(Piensa.) No deliberadamente. Sí pueden ir cometiendo errores que las llevan a terribles catástrofes. O al desastre. ¿Con qué razonabilidad, durante estos años, se podía creer que el crecimiento con tal nivel de burbuja sería ilimitado? Tarde o temprano se terminaría y algo debía ser hecho.

–De manera que no habrá catástrofe.

–No me interesan las predicciones. Mire, si viene, viene. Pero si hay algo que se pueda hacer, hagámoslo. Uno no puede perdonarse no haber hecho nada. Por lo menos un intento. El desastre sobrevendrá si nos quedamos quietos. La sociedad no puede basarse en una concepción automática de los procesos políticos. Mi generación no se quedó quieta en los años '30 y '40. En Inglaterra yo crecí, participé activamente de la política, fui académico estudiando en Cambridge. Y todos estábamos muy politizados. Nos tocó muy de cerca la Guerra Civil Española. Por eso fuimos firmemente antifascistas.

–Le tocó a la izquierda de todo el mundo. También en América latina.

–Claro, fue un tema muy fuerte para todos. Y nosotros, en Cambridge, veíamos que los gobiernos no hacían nada por defender a la República. Por eso reaccionamos contra las viejas generaciones y los gobiernos que las representaban. Años después entendí la lógica de por qué el gobierno del Reino Unido, donde nosotros estábamos, no hizo nada contra Francisco Franco. Ya tenía la lucidez de saberse un imperio en decadencia y tenía conciencia de su debilidad. España funcionó como una distracción. Y los gobiernos no debieron haberla tomado así. Se equivocaron. El alzamiento contra la República fue uno de los hechos más importantes del siglo XX. Recién después, en la Segunda Guerra...

–Poco después, ¿no? Porque el fin de la Guerra Civil Española y la invasión alemana de Checoslovaquia ocurren en el mismo año.

–Es verdad. Le decía que recién después el liberalismo y el comunismo hicieron causa común. Se dieron cuenta de que, si no, eran débiles frente al nazismo. Y en el caso de América latina el modelo de Franco influyó más que el de Benito Mussolini, con sus ideas conspirativas de la sinarquía, por ejemplo. No lo tome como una disculpa a Mussolini, por favor. El fascismo europeo en general es una ideología inaceptable, opuesta a valores universales.

–Usted habla de América latina...

–Pero no me pregunte de la Argentina. No sé lo suficiente de su país. Todos me preguntan por el peronismo. Para mí está claro que no puede ser mirado como un movimiento de extrema derecha. Fue un movimiento popular que organizó a los trabajadores y eso quizá explique su permanencia en el tiempo. Ni los socialistas ni los comunistas pudieron establecer una base fuerte en el movimiento sindical. Sé de las crisis que sufrió la Argentina y sé algo de su historia, del peso de la clase media, de su sociedad avanzada culturalmente dentro de América latina, fenómeno que creo que todavía se mantiene. Sé de la edad de oro de los años '20 y sé de los ejemplos obscenos de desigualdad comunes a toda América latina.

–Usted siempre se definió como un hombre de izquierda. ¿También sigue teniendo confianza en ella?

–Sigo en la izquierda, sin duda con más interés en Marx que en Lenin. Porque seamos sinceros, el socialismo soviético falló. Fue una forma extrema de aplicar la lógica del socialismo, así como el fundamentalismo de mercado fue una forma extrema de aplicación de la lógica del liberalismo económico. Y también falló. La crisis global que comenzó el año pasado es, para la economía de mercado, equivalente a lo que fue la caída del Muro de Berlín en 1989. Por eso me sigue interesando Marx. Como el capitalismo sigue existiendo, el análisis marxista aún es una buena herramienta para analizarlo. Al mismo tiempo, está claro que no sólo no es posible sino que no es deseable una economía socialista sin mercado ni una economía en general sin Estado.

–¿Por qué dice lo último?

–Si uno mira la historia y mira el presente, no tiene ninguna duda de que los problemas principales, sobre todo en medio de una crisis profunda, deben y pueden ser solucionados por la acción pública. El mercado no está en condiciones de hacerlo.

–Usted acaba de pedir al MI5, el organismo de seguridad interior del Reino Unido, que desclasifique los archivos sobre su vida y se los dé. ¿Por qué?

–No hay razón para que no los pueda ver. Es un poco absurdo. Hay hasta cartas privadas mías dando vueltas por ahí que salieron de otros archivos que sí fueron desclasificados, lo cual genera una contradicción ridícula. Mire, no es extraño que existan los archivos de seguridad, y no es extraño que yo esté. Lo que no entiendo, a esta altura, es por qué no me lo dejan ver. Soy curioso.

–La parábola del historiador, ¿no? Usted obviamente conoce su propia vida, pero incluso conociéndola quiere los documentos.

–Puede ser. Y además en mi caso ni siquiera es historia reciente. Pasaron alrededor de 70 años.

–¿Qué lee hoy, profesor, 70 años después?

–Diarios, por supuesto. Revistas. Libros. Estos días leo L'invention du peuple juif, de Shlomo Sand. Trata sobre el concepto de pueblo judío, hurga en el Talmud, se mete con la idea de pueblo-nación. Es un tema que me interesa. Todavía no lo terminé de leer, así que aún no puedo sacar conclusiones. Sí tengo claro qué es ser judío en mi vida. De pequeño me decían: "Debes decir que eres judío y jamás sentir vergüenza". Siempre lo hice así. Lo hago incluso cuando no estoy de acuerdo con políticas concretas del gobierno de Israel. Sigo confiando en el ser humano y estoy orgulloso de ser judío.

–¿Qué le gustó últimamente en cine?

–Me impactó mucho Man on wire.

–¿La historia de Philippe Petit?

–Sí. La película cuenta cómo hizo Petit, en 1974, para cruzar en un cable los 60 metros que separaban una torre Gemela de Nueva York de la otra. Me interesó por la naturaleza humana: un hombre intentaba hacer algo que parecía imposible. Y lo hizo. Es un buen motivo de reflexión en un momento de tensiones políticas y sociales.

–¿Cuál es su novela preferida?

–(Golpea rítmicamente el brazo de la silla con todas las uñas de la mano derecha durante casi un minuto.) Ana Karenina, de León Tolstoi. Una novela maravillosa. La más grande que leí en mi vida. Y no sé si podré leerla de nuevo. Ya que hablo con un latinoamericano le digo que me gusta mucho Gabriel García Márquez, en especial Cien años de soledad. Captura inmediatamente tu atención y toda tu vida. Y siempre leí mucha poesía.

–¿Qué obra de Marx recomienda leer?

–El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Un gran análisis de la sociedad y la política. Un gran trabajo de historia. Una gran obra del periodismo. Todo eso junto a veces produce resultados extraordinarios.

–Marx y Tolstoi. Los dos son del siglo XIX.

–Y bueno, no se olvide de que originalmente yo soy un historiador del siglo XIX. ¿No seré también un hombre del siglo XIX? A fines de ese siglo la gente creía en el progreso técnico y moral. Tenía esperanzas en un mundo educado y civilizado que estaba aboliendo la tortura y la esclavitud. Yo creo en esa idea de progreso moral. Pero no soy necio, y sé que es difícil mantenerlo. Y ya que hablamos de Marx, obviamente el socialismo era optimista por naturaleza. Creía en la posibilidad cierta del cambio. Ya ve para qué sirven los historiadores: recuerdan lo que otros quieren olvidar.

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