sábado, 4 de agosto de 2012

Adiós al "gentleman bitch" de las letras

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Jueves, 2 de agosto de 2012
Gore Vidal (1925-2012) fue el moscardón más anómalo entre sus pares

Adiós al "gentleman bitch" de las letras

Intelectual de fina estampa, aristócrata elegantísimo de personalidad arrolladora y ego monumental, el novelista, ensayista, guionista y dramaturgo fue la lengua más indómita, cáustica y brillante de los escritores norteamericanos.

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Gore Vidal pertenecía sin ambages al mundo de las celebridades.
Por Silvina Friera
Las palabras necesarias son las únicas que cotizan, en los libros y en los márgenes de las mejores páginas que se escriben. Lo más sutil de un agravio verbal, premeditado con alevosía, es la ironía. En el arte de la provocación sacó un par de cabezas de ventaja. Gore Vidal –intelectual de fina estampa, aristócrata elegantísimo de personalidad arrolladora y ego monumental– fue la lengua más indómita, cáustica y brillante de los escritores norteamericanos. El narrador y ensayista, autor de La ciudad y el pilar de sal, considerada la primera obra literaria del siglo XX en la que se habla abierta y detalladamente sobre la homosexualidad, murió a los 86 años por complicaciones de una neumonía, en su casa de Hollywood (Los Angeles). Jamás escamoteó pensamientos incómodos bajo la alfombra de las apariencias. Este "gentleman bitch", como él mismo se definía, pertenecía sin ambages al mundo de las celebridades. Además de codearse con los grandes autores de su tiempo, los embistió con una ferocidad descomunal. A Ernest Hemingway lo consideró "una broma", a Truman Capote lo comparó con un "sucio animal que ha encontrado su camino en la casa". Norman Mailer, equiparado con el asesino de culto Charles Manson, lo atacó físicamente. En una ocasión le dio un cabezazo antes de una aparición en TV; en otra, lo tiró al suelo. El inventario parcial de sus contrincantes literarios parece eclipsarse al repasar sus agudos cuestionamientos hacia la política norteamericana. "La única razón por la que Estados Unidos es amenazado es porque amenaza a otros. En geopolítica, como en física, no hay acción sin reacción. No hubo un 11-S. Quiero decir, nuestras políticas eran tales que forzosamente tenía que haber en el mundo árabe un montón de gente enloquecida queriendo volarnos en pedazos por los crímenes que sentían que cometíamos contra ella. Cualquier tonto lo hubiera visto venir", aseguró en tiempos de la presidencia de George Bush.
La vida y la narrativa de Vidal estuvieron atravesadas por su temprana vocación política, acentuada no sólo por su abuelo materno, sino también por ser primo del presidente Jimmy Carter y del ex vicepresidente Al Gore y hermanastro de Jacqueline Kennedy. Un total de 24 novelas, media docena de obras de teatro, el doble de guiones –entre ellos el del clásico Ben Hur–, más de doscientos ensayos y sus memorias en dos partes –Una memoria (1995) y Navegación a la vista (2006)– componen la ecléctica y celebrada obra del escritor a lo largo de seis décadas. En sus ensayos punzantes arremetió contra la idiosincrasia americana. "El genio de nuestra clase dirigente es que ha sabido mantener a la mayoría de las personas en un sistema que carece de equidad sin ni siquiera cuestionarlo, en el que la mayoría de las personas trabaja a destajo, paga fuertes impuestos y no recibe nada a cambio." En sus escritos –por ejemplo en El último imperio– y en sus intervenciones públicas no desaprovechaba la ocasión para referirse a "la muerte del imperio estadounidense". "El imperio se acaba porque se acabó el dinero. La avaricia pudo con nosotros. Así se han acabado históricamente todos los imperios, incluido el español. Estados Unidos acabará encontrando su lugar, posiblemente entre Argentina y Brasil", reflexionó en una entrevista. Vidal invirtió su energía de polemista impetuoso, sin que le temblara el pulso y la voz, cuando acusó a la familia Bush de haber conspirado para estafar al pueblo estadounidense. El escritor denunció que la presidencia fue vendida a empresas con suculentos negocios armamentísticos como Exxon y Halliburton. "Cheney (vicepresidente de Bush) y el presidente son culpables de graves crímenes contra la Constitución de EE.UU. Tenemos un gobierno pésimo, fuera de control. Y nos hemos convertido en una sociedad totalitaria horrorosa."
Eugenio Lutero Vidal Jr. nació el 3 de octubre de 1925 en West Point (Nueva York), la academia militar, en el seno de una familia con aceitados contactos políticos. Tomó el apellido de su madre –Gore– como su nombre de pila. Su padre, Eugene Vidal, habría sido el amor de la pionera de la aviación Amelia Earhart, desaparecida en el Pacífico hace 75 años mientras intentaba dar la vuelta al mundo. Se crió en Washington DC, donde su abuelo, el senador demócrata por Oklahoma Thomas Gore, tuvo una fuerte influencia en su primera formación. "La única cosa que siempre he querido hacer en mi vida es ser presidente", declaró el escritor en diversas oportunidades. Luego del divorcio de sus padres, la madre de Vidal se casó con Hugh Auchincloss, quien más tarde también se convertiría en el padrastro de Jacqueline Kennedy. A los 23 años, una mañana de enero de 1948, Vidal se despertó con la trémula soga de la fama de autor de culto ciñéndole el cuello. Aunque por entonces ya había publicado Williwaw (1946), inspirada en su servicio en la Marina estadounidense en tiempos de guerra, el reconocimiento y la controversia, dos caras de la misma moneda, irrumpieron con la recién editada La ciudad y el pilar de sal, pionera a la hora de hablar del amor entre personas del mismo sexo, dedicada a un tal J. T., probablemente Jimmie Trimble, muerto en 1945 durante la batalla de Iwo Jima.
Vidal pagó un precio demasiado elevado ante esa celebridad incipiente. El editor jefe del departamento de ficción del The New York Times declaró que era "un libro sucio y repugnante sobre la homosexualidad". Pero no se conformó sólo con este atropello a la razón. El troglodita en cuestión fue hasta la editorial que publicó la novela y confesó, abiertamente, que no pensaba revisar ni leer un libro más del autor. "Somos una nación de esclavos. La timidez moral del norteamericano es notable. Todos están aterrados de que los consideren diferentes del resto", afirmó hace unos años. Así como acarició tempranamente la fama, del otro lado de la noche avanzaba el ostracismo de la década del '50. "Si no publicabas un artículo diario en el The New York Times, no existías como novelista. Y significaba que las demás publicaciones –Time, Newsweek y el resto– lo respetaban. Te habías quedado fuera", resumía Vidal las dificultades que enfrentó. La sociedad bienpensante no le dio tregua ni él a ella. Al "niño bien" no le costó nada ser progresista, más allá de lo que implique este término tan manoseado. No abundan los intelectuales de izquierda que se puedan ufanar de cultivar un sentido del humor y una acidez tan corrosivos, que a veces parecen patrimonio casi exclusivo del conservadorismo y la derecha.
Tal vez el autor de Myra Breckinridge (1968), comedia protagonizada por un transexual megalómano, sea el moscardón más "anómalo" entre sus pares norteamericanos. Su fruición por cierto exhibicionismo –"nunca pierdo la oportunidad de practicar el sexo o aparecer en televisión"– lejos estuvo de rozar el menú de extravagancias simpáticas que suelen ser cáscaras vacías de contenido en ese afán de exaltación de la rareza por la rareza misma. "El patriotismo es algo tan enfermizo hoy como lo fue siempre –aseguró–. Estaba viendo el noticiero hace un rato: cubrían los problemas en Kosovo, y mostraban a un grupo de personas quemando la bandera norteamericana. El presentador se quebró y se le llenaron los ojos de sangre: 'Me hace (solloza) sentir mal, cuando veo (solloza) una bandera americana ardiendo'. Y yo pensé: 'Pedazo de pelotudo. ¿En qué se convirtieron los noticieros?"
Cuánta polvareda levantó el último de los caballeros terribles. El mejor epitafio, una lección magistral para la posteridad, lo redactó el propio Vidal: "El estilo es saber quién eres, lo que quieres decir y que no te importe".
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jueves, 2 de agosto de 2012

“Sólo está muerto aquello que definitivamente hemos olvidado”

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Martes, 31 de julio de 2012
A los 82 años, y en San Salvador de Jujuy, murió Héctor Tizón

"Sólo está muerto aquello que definitivamente hemos olvidado"

La iniciación, el amor, la traición, la locura y el exilio encontraron en su pluma una forma de retrato personalísima, en la que tenía que ver su percepción del entorno y un lenguaje formado en el castellano de la biblioteca y la oralidad quechua de su pueblo.

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"Ni siquiera en ceremonias como ésta es posible callar ante actos tan brutales", dijo en la Feria del Libro sobre Estados Unidos.
Por Silvina Friera
Ningún paisaje está en un solo sitio; se desplaza en los ojos de quien lo contempla. Las pupilas entristecidas por la partida del sabio y magistral narrador que fue Héctor Tizón rememoran Yala, Casabindo, Humahuaca, Cochinoca; silabean bajo el temblor de la emoción la aridez de esa geografía atravesada por la melodía del viento, la polvareda del camino y el compás minucioso que teje el silencio. El árbol de la infancia vuelve a crecer en otros suelos. Cualquier tierra puede ser propia y extraña. Vivir es olvidar, viene a la mente lo que propone el protagonista de uno de sus relatos. El arte del escritor jujeño, que murió ayer en San Salvador de Jujuy a los 82 años, consistió en alivianar su equipaje para viajar con mayor comodidad a través de una red de cuentos y novelas en los que configuró una intensa épica de la austeridad desde experiencias de alcance universal como la iniciación, el amor, la traición, la locura y el exilio. Su escritura se forjó en el cruce de dos lenguas –el castellano de los libros que leyó mestizado con las inflexiones de la oralidad quechua– en las que resplandece lo dicho, pero también aquello que permanece en los márgenes, lo que no es audible o no tiene expresión. El refinamiento, la belleza poética, emerge justo en el preciso instante en que la lengua apenas puede emitir susurros desperdigados sobre las páginas, al pie de la letra. "Las palabras sólo son sombras de los hechos", postulaba en otro de sus relatos. El olvido no comienza en la tumba, como creía. Mientras haya un solo lector memorioso, la llama de Tizón seguirá encendida.
El lugar de nacimiento a veces es accidental. Si en todo escritor anida un gran mitómano, la biografía puede estar intervenida por lo que el interesado prefiere orquestar. Aunque en este caso es otro cantar. A diferencia de lo que se cree, Tizón nació el 21 de octubre de 1929 en Rosario de la Frontera (Salta), en el Hotel de las Termas, durante un viaje de sus padres, oriundos de Jujuy, el lugar en el mundo que siempre consideró como su tierra de pertenencia. El mismo se enteró cuando necesitó ordenar papeles para rumbear hacia el exilio, en 1976, y pidió una partida de nacimiento. "Como no me la daban, le dije a mi padre: '¿Qué pasa, se han olvidado de inscribirme o qué?'. 'No –dice–, no la vas a encontrar nunca porque naciste en otro lado.' Y cuando di con ella, le pregunté: '¿No encontraron a ningún criollo para ponerme de testigo de mi nacimiento?'. No, porque mis padres eran los dos únicos pasajeros del hotel." El abuelo paterno del escritor –"español cubano casado con cristiana vieja"– llegó a Yala (Jujuy) por error, buscando Africa, el calor y las palmeras. Los habitantes del pueblo lo evocaban como el primer plantador de bananas de la zona. Algunos de sus mejores libros como Fuego en Casabindo (1969) y El gallo blanco (1992) son lecturas obligatorias en las escuelas del Noroeste. Vivió en Salta, entre 1943 y 1948, donde cursó el secundario y publicó sus primeros cuentos en el diario El Intransigente, relatos que nunca quiso editar en un libro. Intuía, no obstante, que no faltará algún investigador entusiasta que escarbe en los archivos hasta dar con esos textos. "Uno empieza dando tropiezos memorables. Tanto el bípedo como el ave: se empieza a los golpes", reconocía el escritor con esa sencillez que lo caracterizaba. La expectativa literaria era como una olla a presión donde se cocinaban los sueños y deseos del joven Tizón, que estudió Derecho en La Plata y arrancó con su periplo diplomático en 1958. Estuvo en México, donde fue agregado cultural y conoció a Juan Rulfo, Augusto Monterroso, Ernesto Cardenal y a Ezequiel Martínez Estrada, entre otros autores. Dos años le bastaron para decidir regresar nuevamente a Jujuy, en 1962.
Afiliado a la UCR –solía definirse como "yrigoyenista"–, fue juez de la Corte Suprema jujeña. No se refugiaba en el impacto de una metáfora para escamotear el humus de sus pensamientos. Le gustaba tirar del hilo para desembrollar la madeja convulsionada del tiempo que le tocó vivir, como lo hizo en los ensayos de No es posible callar, donde reflexionó sobre el lugar que ocupa el artista, el destino de la sociedad occidental y el discurso tramposo de la globalización. En 2003 inauguró la Feria del Libro en el predio de La Rural. "Hubiese preferido un tiempo diferente para abordar el lema 'Los argentinos y los libros', pero ni siquiera en ceremonias como ésta es posible callar ante actos tan brutales; hacernos los distraídos sería, más que una mera cobardía, un acto inmoral", dijo el autor de La casa y el viento (1984) por la invasión de los EE.UU. a Irak. Esgrimía que no podía hablar de la literatura cuando "los pistoleros cibernéticos aplastan pueblos y amenazan con asolar al mundo". La memorable ovación estalló cuando afirmó que el cinismo del discurso único ya no puede disfrazarse: "La fuerza imperial no necesita a un Conrad o a un Kipling. Le basta apelar a citas de Al Capone".
Tizón ha profesado su orgullo y devoción por la majestuosidad del paisaje donde vivió; atesoraba las voces de los relatos con los que las niñeras indias esculpieron su infancia y reconocía que la mujer introduce al hombre en la tierra, que transmite la palabra. "El mundo –decía Strasser, uno de sus personajes– es siempre lo que una mujer ha hecho de él." Más que un paisaje o frontera geográfica, su obra se construye a través de un narrador que asume una condición lingüística al proclamarse parte de la cultura altoperuana. Mientras bosquejaba los cuentos del que sería su primer libro, A un costado de los rieles, publicado en México en 1960, zanjó la tensión entre la lengua libresca, aprendida en la biblioteca paterna –el castellano de Calderón, Quevedo, Lope–, con la lengua de los indígenas, "el dulce habla de las criadas". Cuando esos mundos aparentemente contradictorios se contaminan –comprendió–, se reconocen mejor. El escritor no se cansaba de repetir que la materia de su oficio son "las imágenes mentales que fija con palabras". Sin embargo, era consciente de la tentación a la que está sometida la literatura que se amasa lejos de las grandes urbes, esos focos de irradiación que toman una parte por el todo de la literatura argentina. "En las provincias podemos ver los pecados capitales caminando por las calles, con nombre y apellido. Y aprender a observarlos, conviviendo con ellos, es una de las grandes primeras lecciones para el incipiente escritor", señala en un ensayo. "La segunda es olvidarlo para que de todo ello quede su esencia y poder usar libremente esos atributos, huyendo de la perspectiva provinciana."
En "Más allá del regionalismo: las transformaciones del paisaje", texto de Enrique Foffani y Adriana Mancini que integra el volumen La narración gana la partida de Historia crítica de la literatura argentina, se plantea que el jujeño ejecutó el gesto sugerido por Roland Barthes. En uno de los ensayos de El grado cero de la escritura, el crítico francés asegura que la novedad en el pensamiento proustiano es haber desplazado el problema del realismo y haber ubicado "el lugar de lo imaginario en el significado; no en la relación entre 'la cosa y la forma', sino en el signo, en la relación del significado con el significante. 'El lenguaje del escritor no tiene como objetivo representar lo real sino significarlo'". Foffani y Mancini subrayan que la literatura de Tizón "significa un paisaje, un lenguaje, historias y personajes que responden por sus características a ese espacio referencial al que el escritor pertenece". En la configuración espacial de sus cuentos y novelas –precisan– es donde con mayor nitidez "se observa el trabajo a partir del cual el lenguaje actúa como mediador que procesa la belleza natural del paisaje original". En la premura con la que se rebobinan fragmentos, frases, remates o principios, tal vez los lectores recuperen esa sensación de que todos los sentidos oscilan por el entredicho. "Acaso la historia podría ser sólo este mismo paisaje, las montañas sombrías de un color confuso cambiante hora a hora desde el amanecer al crepúsculo, el valle verde y el río y las dos, tres, cinco casas desperdigadas...; queremos decir: un escenario donde es casi obligado imaginar personajes como los protagonistas de esta historia que se va a narrar. Por otra parte, todos estos personajes fueron aquí ellos mismos, con sus nombres y circunstancias reales. Gente que quizás en otras tierras no hubiera despertado la atención de nadie", se lee al comienzo de La mujer de Strasser (1997).
"A veces, percibimos la vida más intensamente cuando la recordamos, con más tranquilidad que en el momento en el que transcurre", postula en El resplandor de la hoguera (2008), que aglutina sus memorias, anticipo crepuscular de la despedida, donde despliega perspectivas sobre lo real y lo ficticio, lo biográfico y lo literario. "Este es el impulso que lleva a un escritor a escribir diarios o anotaciones autobiográficas; esto y la certeza de que el pasado no permanece en su lugar, nunca se mantiene estático. Sólo puede revivirse en la memoria, y la memoria es un mecanismo que nos permite tanto olvidar como recordar; la memoria es arbitraria: redescubre, inventa, organiza. El verdadero instrumento de la creación es la memoria y de allí también que todo lo que un escritor escribe sea autobiográfico, con más o menos matices." En este libro –donde logra estar "mano a mano con los fantasmas, regresado a lo que más quise y dispuesto a desaparecer como una sombra, sin ruido, sin memoria, por esa misma rendija de la vida que lograra vislumbrar y convertir en palabras"– desfilan el niño que se subía a los techos para pasar horas leyendo, su visita a la casa de Benito Lynch en La Plata, los prolegómenos de la publicación de Fuego en Casabindo, la amistad con Martínez Estrada y Rulfo y su encuentro con Onetti en Madrid, donde se exilió durante la dictadura.
Tizón conjuró la inexorable sensación de epílogo –la antesala al silencio– con un tímido anhelo del porvenir. Acaso pasado cierto umbral, la memoria se vuelve silenciosa y opta por callarse. La prórroga al silencio, esas páginas que de pronto reparó que valía la pena escribir, está en Memorial de la Puna, de reciente publicación, seis bellísimos relatos imbricados por la Puna, tierra "lijada por los vientos y la sal", "el gran desierto lunar cálido y frío", región que asume como destino vital y literario. "Nacer es una casualidad, pero también una fatalidad, puesto que nadie elige por sí mismo el lugar donde nacer. De modo que un escritor ronda y da vueltas sobre el mismo tema, los mismos hombres y las mismas cosas", escribió en un ensayo de los '90. La Puna es la Comala o la Santa María de viento y polvo; las luces y sombras de una obsesión –todo transmite una especie de "mensaje cifrado"– que sólo la muerte vino a clausurar. Quedan los gestos modestos, las pinceladas mínimas con las que labraba la densa complejidad de sus criaturas y ese cielo tramando preguntas durante el atardecer. ¿O serán los lectores que miran esas puestas de sol con el interrogante a flor de piel, como si estuviéramos ahí mismo, contemplando los murmullos de la tierra cuando se abre a la noche?
Al principio no quiso irse: continuaba presentando hábeas corpus por sus amigos perseguidos en 1976. Su mujer, Flora Guzmán, lo interpeló con la espada de Damocles de un terror letal. Le dijo que estaba loco si pensaba discutir con Hitler. Y lo convenció. La familia se exilió en Madrid; recién volvió tras la guerra de Malvinas. El viejo soldado (2002), "el menos querido de mis libros, si ello fuese posible", es la única novela que escapa a las reglas del mundo tizoniano. Quizá por eso eligió publicarla casi veinte años después de escribirla. Como el protagonista Raúl –que para sobrevivir en un país ajeno se emplea como escritor a sueldo de un viejo fascista decidido a publicar sus memorias–, Tizón se las ingenió en España para hacerse del dinero para subsistir sin dejar de escribir. "Fui un negro de la literatura. Presté mi pluma a otros que ni siquiera pensaban como yo, y eso es tremendamente humillante", recordaba. El también, como Raúl, soportó en tierras lejanas el tedio, el miedo y la tristeza.
El autor de Sota de bastos, caballo de espadas (1975), El hombre que llegó a un pueblo (1975), Luz de las crueles provincias (1995), Extraño y pálido fulgor (1999) y La belleza del mundo (2004), entre otros títulos notables, despliega en Memorial de la Puna una meditación "casi póstuma" sobre la muerte: "Nada ni nadie puede reprimir los recuerdos que iluminan de pronto aquello que creíamos perdido y desaparecido. El olvido es más fuerte e irremediable que la muerte. Sólo está muerto aquello que definitivamente hemos olvidado".
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miércoles, 1 de agosto de 2012

A los 86 años, murió en EEUU el escritor Gore Vidal

El famoso novelista falleció a raíz de una neumonía. Fue reconocido
por sus obras y por su intensa vida social, política y sentimental.
Algunos de sus ensayos y obras de teatro fueron éxito en Broadway.El
novelista Gore Vidal, uno de los gigantes de la generación de
escritores estadounidenses que incluye a Norman Mailer y Truman
Capote, murió a los 86 años, informó su familia. El sobrino del
escritor, Burr Steers, señaló al periódico Los Angeles Times que el
escritor murió a causa de una neumonía, en su domicilio en las colinas
de Hollywood.
Vidal, un iconoclasta narrador de la vida estadounidense y autor de
obras como "Lincoln" y "Myra Breckinridge", fue también conocido por
su intensa vida social, su activismo político y su agitada vida
sentimental.
"Al fin de su vida, Vidal era una figura imponente que creía ser el
último de una raza, y posiblemente estaba en lo cierto", estimó el
diario New York Times en su obituario.
Escribió 25 novelas, ensayos y obras de teatro que fueron éxitos en
Broadway, así como guiones y obras para televisión.
Gore Vidal, que mostraba una visión mordaz de la política en sus
obras, intentó varias veces sin éxito ser elegido para cargos
políticos. Le gustaban los debates apasionados en sus apariciones en
televisión y él mismo figuró en la película "Roma", de Federico
Fellini.
Su tercera novela, "The city and the pillar", abordó sin tapujos la
homosexualidad, decisión que escandalizó a los críticos cuando fue
publicada en 1948, pero que abrió un nuevo terreno en la literatura
estadounidense. Abiertamente bisexual, Vidal retornó al tema de la
identidad sexual 20 años más tarde, con la sátira "Myra Breckinridge"
(1968).
Algunas de sus novelas abordaron temas políticos o de la Historia de
Estados Unidos, trazando lo que denominó el surgimiento del Imperio
Estadounidense en novelas como "Burr" (1973), "1876" (1976), "Lincoln"
(1984), "Empire" (1987), "Hollywood" (1990), y "The Golden Age"
(2000).
Entre sus sátiras se destacan "Kalki" (1978), "Duluth" (1983) y "Live
from Golgotha: the Gospel according to Gore Vidal" (1992). Sus
opiniones políticas también eran fuente de enormes controversias, como
una discusión con insultos con el columnista conservador William
Buckley ante las cámaras de TV. En otro episodio legendario, Vidal
aseguraba que Norman Mailer le había dado un cabezazo en el rostro al
fin de una discusión mantenida antes de un programa de televisión.
Hijo de un oficial del ejército, Vidal nació el 3 de octubre de 1925
en West Point, la academia militar, en el seno de una familia con
excelentes contactos en el mundo de la política. Su padre, Eugene
Vidal, habría sido el amor de la vida de la pionera de la aviación
Amelia Earhart, desaparecida en el Pacífico hace 75 años mientras
intentaba dar la vuelta al mundo.Divorciada de Eugene Vidal, su madre
se casó más
tarde con Hugh Auchincloss, quien más tarde se convertiría en el
padrastro de Jacqueline Kennedy.
El escritor fue presentado a la vida política mientras crecía en
Washington, donde su abuelo, el senador por Oklahoma Thomas Gore, a
veces le permitía acompañarlo al trabajo. Su fascinación se plasmó en
1967 en su novela "Washington DC", que cuenta la historia de una
familia de políticos.
Luego de cumplir con su servicio en el ejército durante la Segunda
Guerra Mundial, Vidal conoció tempranamente el éxito comercial como
novelista, y pronto sumó entre sus amigos a los escritores Anais Nin,
Tennessee Williams y Christopher Isherwood.
Pero fue el atleta Jimmy Trimble el amor de su vida, confesó Vidal
años más tarde. Trimble fue muerto en una batalla en Iwo Jima, y Vidal
dedicó "The city and the pillar" a "JT". Vidal convivió por 53 años
con Howard Austen, un publicista.
A pesar de su rico trabajo literario, nunca perdió de vista la
política. Disputó una plaza al Congreso en 1960 por el distrito de
Nueva York, por el partido Demócrata, pero no lo logró. En 1982, hizo
campaña contra el gobierno de Jerry Brown en las primarias demócratas
en California. En los últimos años, sus opiniones políticas se
tornaron aún más radicales y fue particularmente ácido con la
administración del
presidente George W. Bush, a quien una vez llamó "el hombre más
estúpido de Estados Unidos".

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