martes, 18 de diciembre de 2012

La Revolución Artística de Eurípides: Análisis de la obra ‘Medea’

INTRODUCCIÓN:
Resulta conocida la expresión que indica que el pensamiento occidental sienta sus raíces en la cultura grecolatina; resulta evidente, pues, que el arte occidental se fundamenta en el arte grecolatino: si se considera que el Arte es un método de conocimiento1, se puede afirmar, en términos de Kuhn2, que dicha expresión cultural establece el paradigma del arte occidental, es decir, un sistema compuesto por conceptos, mecanismos, ideas y valores (no automatizados), desde el cual se construye la obra de arte, conciente o inconcientemente; siendo la Poética de Aristóteles el primer estudio sobre la cuestión (y de un inmenso valor en la actualidad). Para el presente trabajo, se considerará uno de los conceptos del sistema (que resulta difícil de aceptar por no haber sido conceptualizado o nominado en la época clásica, sino largo tiempo después): el concepto de revolución artística3, también (mal) llamado (o interpretado) ruptura generacional, vanguardia, etc. Esta revolución artística es entendida como una quiebra en el sistema (paradigma) imperante, y un reordenamiento de los constituyentes del mismo4, cuando las relaciones que establece un objeto artístico se automatizan (o en términos de Girri: cuando no aportan conocimiento).
El caso de Eurípides es el del artista que produce una revolución de este tipo: su arte, inserto en una sociedad en crisis, no sólo da cuenta del espíritu de la época, sino que manifiesta una ruptura con la tradición, y una propuesta nueva.
Escribe Albin Lesky: «No es fácil encontrar una figura de la literatura tan difícil de aprehender en su diversidad como Eurípides. En muchos aspectos pertenece aún al apogeo de la época clásica, y, no obstante, comienza a disolverse en su obra aquella grandiosa homogeneidad que ostenta el Partenón, así como la tragedia de la madurez de Sófocles... Al igual que en su obra, Eurípides muestra en su comportamiento en la vida [la escasa participación en las cosas del Estado] el inicio de una época nueva...»5
Disolución, época nueva: ideas que encierran el contenido de lo revolucionario, de lo cambiante. Se ha considerado la época de Eurípides como el inicio de la decadencia de Grecia, el final del ‘Siglo de Oro’ de las póleis. En este sentido se ha dicho: «En las palabras de Protágoras [‘el hombre es la medida de todas las cosas’] se encuentra, como algo decisivo, la ruptura con la tradición en todos los aspectos de la vida; en ellas reside la pretensión revolucionaria de convertir en objeto de discusión racional todas las relaciones de la existencia humana, tanto la religión como el Estado y las leyes. Para estos hombres ha llegado a hacerse absurdo y por lo tanto imposible el orientar su pensamiento y su acción conforme a la costumbre santificada por el uso, conforme al nomos, y sólo pueden esperar obtener sus normas a base de su propio modo de pensar. Pero esto no les ofrece una imagen unitaria del mundo que con la fuerza de la convicción religiosa funde en una unidad superior sus partes contradictorias, como hemos visto en Esquilo o en Sófocles.»6

En el presente trabajo, a partir del análisis de la obra Medea, se pretenderá demostrar que, como anteriormente se dijo, Eurípides establece una significativa ruptura con el paradigma artístico de la época, planteando lo que posteriormente se llamará ‘ficción literaria’ (fundamento del arte como sistema independiente); para Eurípides (que se manifiesta como el artista que analiza, desde la periferia, el mundo que lo rodea) el arte es un método de conocimiento de lo individual, de lo puramente humano, y de las relaciones que se establecen entre los hombres, que significan y resignifican al mundo.


LA OBRA:

Eurípides abre una nueva visión del arte. Su obra, por la profundidad de sus personajes, por los recursos psicológicos y naturalistas, y fundamentalmente, por el valor artístico en sí mismo, inaugura la concepción moderna del arte: Eurípides le quita al objeto artístico la carga religiosa, ética, moral, jurídica y política7 que hasta entonces llevaba, trasladándola a una esfera puramente estética. Sus obras son puro ritual, pero ritual poético: el dramaturgo es conciente de la carga subjetiva que su creación posee (en su concepción y en su ‘lectura’) y por ello sabe que la representación (y es importante recordar que el texto es en función de una puesta espectacular) es fantasía, no reproducción; es ficción (ficción entendida como la apertura hacia las posibilidades del azar, de la duda, del accidente, con una, inevitable, a la postre), no realidad mítica representada.
Medea, obra que fue representada en el año 431 a.C y que resultó tercera en el certamen detrás de Euforión y Sófocles, constituye uno de los puntos más altos de la obra de Eurípides: allí se puede observar como en ninguna otra creación del teatro griego, la nitidez de lo irracional y de la oscuridad del alma humana. 8
El argumento de la tragedia es como sigue9: Medea es hija de Eetes, rey de Cólquide; es nieta del Sol y de la maga Circe, su madre era la Oceánide Idía; sin la ayuda de Medea, Jasón (junto a los Argonautas) no hubiera conquistado el vellocino de oro, preciosa piel de carnero con mágicos poderes; a cambio de ello, Jasón promete casarse con Medea, con quien huye a Corinto; allí viven hasta que Creonte, rey de Corinto, quiere casar a su hija Glauce con el héroe Jasón, propuesta a la que éste accede gustoso. (Hasta aquí, la prehistoria de la obra.) Medea se encuentra desengañada y desequilibrada; Creonte decide desterrarla, pero ella suplica permanecer un día más para arreglar sus asuntos, a lo que Creonte accede; durante este tiempo idea su venganza; maga como era, impregna con veneno un vestido que sus propios hijos envían a su rival, Glauce; cuando ésta acepta el regalo, la abrasa el fuego, así como a su padre, que acude en su auxilio; se incendia el castillo, y Medea da muerte a sus propios hijos; finalmente Medea huye a Atenas, donde cuyo rey, Egeo, la acoge.
En su análisis de la obra, Albin Lesky10 dice: «La altura que la estructuración euripideana alcanzó en este drama la reconocemos también en el hecho de que ninguna de sus otras piezas en su estructura fue elaborada de un modo tan uniforme a base de la figura central. Ya en el prólogo, hablado por la nodriza de Medea, nos muestra el dolor de ésta por la traición de Jasón, que quiere tomar como nueva esposa a la hija del rey de Corinto. Pronto prorrumpe en furiosos lamentos, luego vuelve a enmudecer, y el odio con que mira a sus hijos hace que la nodriza se estremezca con el presentimiento de lo que va a ocurrir. El guardián que llega con los niños trae la noticia de que Creonte quiere expulsar de la ciudad a Medea junto con sus hijos, y de nuevo se suscita la inquietud (92, 100) de que la desesperación de Medea pueda representar un peligro para su propia sangre. Cuidadosamente prepara el autor aquello que constituye su innovación en el tema, y entre las exclamaciones de dolor que profiere Medea, que oímos procedentes del palacio, percibimos también la maldición que pronuncia sobre sus hijos (113). El ama advierte a los niños que no comparezcan ante su madre, y aquí las palabras con las que se refiere a la naturaleza salvaje de Medea, nos abren un conocimiento que parte de las palabras, es verdad, pero tiene un alcance mucho más allá de ellas. Con las palabras de significado parecido los versos 102 y ss. nos describirán el carácter de Medea y en ellas observamos tanto el deseo de designar en forma concisa las fuerzas que en el ser humano operan lo decisivo, como la búsqueda tanteadora de tal denominación.» De lo dicho por Lesky, cabe resaltar que Eurípides tiene una especial predilección por colocar una figura central (femenina en muchos casos) en sus obras11, a la cual define, modula, estudia y altera, en la (experimental) búsqueda de cargar de fuerza (o tensión) dramática la obra, por medio del desarrollo de un estado anímico: en el caso de Medea, el de la angustia vinculada con lo erótico. Dicha búsqueda, siempre en función de llevar a un plano humano lo mítico, refleja cuál es el espíritu de Eurípides: el de quien indaga sobre el alma humana y accede a los límites trágicos a los que conduce la pasión desmedida.
Es importante observar también ciertos procedimientos de la obra: el personaje de Medea es esbozado por los comentarios del prólogo (diálogo Nodriza - Pedagogo), pero su aparición (su gemido) desde fuera de escena, da cuenta ya del carácter oscuro del personaje, que observa en su interioridad la propia caída en desgracia (de tipo humano) retrospectivamente trazada por la utilización del poder de la magia: la figura de los hijos es el extremo del camino que ha atravesado desde que ayudara a Jasón, y al caer la maldición, como una sombra, sobre ellos (114) comienza a verse el plan de Medea. En todo este pasaje, Medea es construida desde lo dicho y desde lo que se lee en sus palabras, en tanto ella se coloca como el centro de un entretejido de sombras, pudiendo comparársela con la araña que se guarece en su nido: de esta manera puede verse la trama de fondo que el poeta teje y que constituye el núcleo semántico de la obra12.
Sigue diciendo Lesky: «Entra el coro de mujeres corintias. Acompaña la suerte de Medea con su compasión, quiere consolarla. Medea no rechaza a las mujeres, sale del palacio, les habla de su desgracia. La seguridad con que Medea habla y hace que sus palabras pasen pronto de la propia suerte a los problemas sociales de la mujer, completamente en la mentalidad de la época del poeta, forma un vivo contraste con los gritos de desesperación que nos hizo escuchar desde el interior del palacio. Por medio de esta disposición mantiene Eurípides en este discurso, el primero de los grandes discursos de Medea, su autodeclaración en aquellos límites mediante los cuales se hace posible en los discursos posteriores el máximo efecto de la emoción en grado ascendente. Pero la seguridad de Medea en este discurso prepara también la forma en que Creonte, el rey del país, se enfrenta a ella al anunciarle su destierro. Aquí el frío cálculo de su entendimiento llega a superar al fuego de su corazón, porque se humilla hasta descender a las súplicas y logra de su enemigo que le conceda un día de plazo, que ella piensa utilizar para llevar a cabo su venganza. A esta escena sigue el primero de los tres grandes discursos monológicos (...) Es verdad que al principio se dirige Medea a las mujeres del coro, pero luego se aparta de éste. Sostiene consigo misma el diálogo, medita el medio de la venganza que se ha propuesto de un modo resuelto realizar, y busca el lugar adonde pueda ir a refugiarse una vez se haya vengado de Jasón, de la novia de éste, Creusa, y del padre de Creusa, Creonte. El coro ha sido olvidado, cuando Medea se exhorta a sí misma (402) a convertir su oprobio en el triunfo de la venganza. Corresponde al típico final de un discurso que culmina en emoción patética el que Medea concluya con unas palabras relativas a lo bien dotada que se encuentra en general la mujer para realizar una acción malvada.»13
Aquí se encuentra la segunda etapa de Medea: el espectador espera la salida de una araña, pero Eurípides desvía la imagen, distendiéndola. Medea es reflexiva, analítica: busca universalizar su sentimiento en el de toda mujer, y elabora su discurso como un entendido orador (tras hablar dentro del marco puramente teatral): ‘De todo lo que tiene vida y pensamiento, nosotras, las mujeres, somos el ser más desgraciado’, para criticar la situación social de las mismas, y culminar en lo que marca la femineidad: el cuerpo, que recibe al marido y contiene la vida de sus hijos: ‘Preferiría tres veces estar de pie firme con un escudo, que dar a luz una sola vez.’(250) Luego comienza un diálogo con ella misma, desdoblada, aunque parezca dirigirse al coro: ‘Pero el mismo razonamiento no es válido para ti y para mí.’(252) (obsérvese la particularización y el punto de vista), con esto ingresa en el desvarío que culmina con la sentencia: ‘cuando [la mujer] ve lesionados los derechos de su lecho, no hay otra mente más asesina.’(265)
Ingresa Creonte (272), como antes se anunció, y el tono se coloca en un punto medio; Medea nota que una red se cierne sobre ella (279). Medea inicia su defensa y fundamenta su fama de hechicera, y se coloca como perdedora de la situación (315), llega a suplicar desesperadamente (323) y el tono asciende hasta que Creonte, permitiéndole quedarse un día más, se retira. La escena tiene como objetivo mostrarle al espectador lo que antes fue dicho por los personajes: Medea se encuentra abandonada y próximamente desterrada; la situación inicial se encuentra planteada y en desarrollo, sólo queda saber el plan, y es por esto que en el siguiente discurso (364 y ss.) dirigido al coro y desdoblada en un nuevo diálogo, ella lo va a anunciar. En el mismo, aparecerá enunciado uno de los puntos que señala el cambio que introduce Eurípides en lo que se refiere a la obra de arte: ‘Tengo muchos caminos de muerte para ellos, pero no sé, amigas, de cuál echaré mano primero.’ (377) Se abre el camino del azar, de lo posible, de la ficción: no hay un destino o un dios que condicione el movimiento de los personajes; aquí Eurípides toma posición con respecto a Esquilo y Sófocles; Medea (mentado un plan) continúa diciendo: ‘Bien. Ya están muertos. ¿Qué ciudad me acogerá? ¿Qué huésped, ofreciéndome su tierra como asilo y su casa como garantía, protegerá mi persona’ (387), aquí se puede observar cómo ya se ha recorrido uno de los caminos posibles, en su conciencia ella ya los ha asesinado, y ahora sólo resta hacerlo, y ella, siendo su instigadora, alimenta su propio fuego. Continúa un curioso comentario del coro: (416) ‘Las corrientes de los ríos sagrados remontan a sus fuentes y la justicia y todo está alterado.’ La segunda parte puede resultar clara, pero en la primera se esconde un acertijo: acaso significa el retorno de Medea a la realidad que está viviendo, o tal vez el deseo de un retorno desde el caos al orden primigenio. Posteriormente desarrolla la idea: (430) ‘Pero el largo fluir del tiempo tiene que decir mucho sobre nuestro destino y el de los hombres.’: aún se debe esperar mucho para que del caos se acceda al orden, y así como el camino hacia atrás parece uno sólo, hacia delante se abren todas las posibilidades .
Sobre lo que deviene en la obra, el ingreso de Jasón, el profesor Lesky dice «También esta tragedia tiene su agon, pero efectúa el combate con armas desiguales. El Jasón que con sofismas quiere marcar con el sello de la inteligencia y de la prudencia el acto de su perfidia y deslealtad, aparece inferior a Medea, que rechaza la menguada ayuda que Jasón le brinda y que no ahorra reproches.»14 Sobre este último aspecto es importante resaltar cómo construye Eurípides el personaje de Jasón: trata de dar razones justas por la correcta elaboración formal de su discurso, arma de los sofistas, pero en su discurrir se observa un tono conciliador lleno de ironía y de convencido interés personal, en tanto que Medea relata la prehistoria de la tragedia, a manera de reproche, para luego hacer mención de una parte de su cuerpo (nuevamente) que tendrá fundamental importancia: su mano: ‘¡Ay, mano derecha que [tú] tantas veces tomabas...’ (497). Viendo este pasaje desde una mirada hegeliana, se puede afirmar que se encuentra aquí el enfrentamiento de dos legalidades, aunque quien enfrenta su discurso al del otro, en rigor, es Medea: Jasón parece proferir un parloteo (clave del Absurdo15 de nuestro siglo), como los que habitualmente se oirían en el siglo V, aunque, en contraste con la opinión general, no trata de ser mimesis naturalista, sino representación naturalista: por lo general se suele confundir el medio con el fin: aquí, debe meditarse sobre si la búsqueda de Eurípides es de realidad o de realismo16; en este último caso, la verosimilitud se encuentra en función de aproximar al espectador a la ‘realidad’ de la escena, con lo cual se potencia posteriormente la ficción. Léase entonces lo que Jasón dice (comentario por el cual se lo ha acusado de misógino a Eurípides): ‘Los hombres deberían engendrar hijos de alguna otra manera y no tendría que existir la raza femenina: así no habría mal alguno para los hombres.’ (573) y la respuesta que da el corifeo: (576) ‘Jasón, bien has adornado tus palabras...’ La soberbia con la que enfrenta Jasón a Medea (y no una acción, salvo el deus ex machina, particular y anticipado, que representa Egeo) será lo que abra las puertas a la venganza.
«La escena que sigue a la siguiente canción del coro, escena en la que aparece el rey ático Egeo en viaje hacia Delfos, pasando por Corinto, donde se entrevista con Medea, ha dado pie, a causa de su carácter episódico, a muchas interpretaciones y censuras, y sin embargo, dentro de la disposición del conjunto, se encuentra en un lugar muy fácil de comprender. Una gran parte del primer discurso monológico de Medea (386) estuvo dedicado a meditar dónde buscaría refugio después de la venganza. Ahora brinda la respuesta a ello la escena de Egeo: el rey le dará asilo seguro en Atenas.[17] No bien se ha ido el rey, cuando Medea descubre el plan que para ella ha alcanzado su madurez. Sus hijos llevarán la muerte a Creusa por medio de regalos envenenados, y entonces oímos las terribles palabras que ya fueron preparadas por las primeras escenas del drama: los hijos mismos han de morir en las mismas manos de su propia madre, porque el hombre que la ha abandonado debe sentir una soledad que sea aún más terrible que la que él ha meditado para ella. En el entrechocar de dos versos (816 y ss.), en los que las palabras entre la directora del coro y ella tienen como un movimiento de oscilación, percibimos lo demoníaco de su resolución, que reprime todo otro sentimiento para hacer triunfar el deseo de venganza, deseo engendrado por su pasión y que es afirmado por su mente: ‘Mujer, ¿quieres dar muerte a tus hijos? - Así heriré más profundamente el corazón de mi esposo.’»18 Sobre esta sección, cabe acotar lo siguiente: resultan interesantes en Medea dos aspectos: el egoísmo y el afán de posesión sobre sus hijos, y su deseo de no ser el ‘hazmerreír’ de todos.19
«La siguiente canción del coro presenta una doble función. Es como si reflejara el acto precedente (podemos emplear con cierta seguridad esta expresión ahora que la estructuración del drama resalta más claramente debido a los cantos), al contraponer el deseo de Medea, de refugiarse en Atenas, al horror del infanticidio. Por otra parte, el nombre de Atenas, en el primer par de estrofas del estásimo, se ha convertido en un himno de alabanza de la ciudad, himno de belleza no superada. En él observamos la pura devoción del poeta hacia el suelo de su patria, pero también percibimos su sello más personal cuando en el claro y sereno aire de su ciudad vemos que alaba precisamente lo espiritual. Los Amores tienen allí su morada juntamente con la Sabiduría, y en estas palabras se expresa lo que ha continuado siendo la gloria inmarcesible de Atenas:
‘(824) Coro/Estrofa 1era.- Los hijos de Erecteo [Los atenienses eran considerados los hijos de Erecteo, hijo de Pandión] desde antiguo fueron prósperos e hijos de dioses felices, de una tierra santa y no devastada, nutridos de la sabiduría más ilustre, caminando siempre con soltura por el resplandeciente éter, en donde, una vez, dicen que las santas Piérades, las nueve Musas, engendraron a la rubia Armonía [...Téngase en cuenta que las Musas son hijas de Mnemósine y que Armonía se refiere aquí a la armonía de todas las artes y del saber en general.]
Antístrofa 1era.- Y cuentan que Cipris, alcanzando las bellas corrientes del Cefiso [Cefiso, dios del río del mismo nombre, es considerado también un progenitor de los atenienses, emparentado con el legendario rey Erecteo.], difunde sobre su tierra las auras dulces y suaves de los vientos y que siempre, ceñidos sus cabellos con una corona perfumada de rosas, envía a los Amores como compañeros de la Sabiduría, colaboradores de toda virtud [El amor (los Amores) es considerado como el guía que conduce a la Sabiduría. Se ha visto aquí una alusión fugaz a la teoría platónica del Amor, tema central de su diálogo El Banquete.]’»20
Ampliando esta sección, y en relación a lo dicho anteriormente, en las palabras del Coro (857-865) vuelve a aparecer la imagen de la mano21 (que tendrá aún más importancia hacia el final): ‘¿Dónde hallará tu mente y tu mano valor para llevar al corazón de tus hijos tan horrible audacia? (...) No podrás ante ellos, arrodillados como suplicantes[22], manchar tu mano de sangre con ánimo impávido.’
«Ahora corre Jasón rápidamente hacia la red que Medea le ha tendido. Se alegra de haber hecho tan buena ganga. Él mismo apoyará la petición de que los niños puedan quedarse a vivir en el país. No le preocupa el hecho de que con ello Medea tenga que renunciar a lo último que le queda.[23] En el canto del coro acompañamos a los dos niños en su camino y vemos como Creusa recibe de ellos los regalos que Medea le envía.[24] Medea ya no puede volver atrás en el camino que ha emprendido, pero en el último trecho de este camino habrán de fallarle las fuerzas con que había abrazado la decisión de vengarse.[25] El poder del sentimiento natural se yergue contra la atrocidad de su proyecto y suscita en su pecho la última grave lucha que precede a la acción. El guardián que sale del palacio con los niños y anuncia que para ellos ha sido levantada la orden de destierro, encuentra a Medea profundamente trastornada. Cuando el guardián se ha ido, somos testigos de la lucha que Medea sostiene consigo misma, en un discurso que, aunque de nuevo (1043) menciona a las mujeres del coro, en su esencia es, sin embargo, un monólogo. La intensidad de exposición de procesos internos es en este monólogo, dentro de la tragedia ática, sin parangón, y no muestra al ser humano abierto para la poesía trágica desde un ángulo nuevo.[26] En este monólogo no vemos, como, por ejemplo, en el monólogo de la muerte del sofocleano Ayax, la voluntad inquebrantable en la determinación que le viene dada previamente al hombre por su misma physis, sino que vemos al ser humano entregado a merced de las potencias que surgen de su alma y pugnan por apoderarse de él. Corresponde al modo griego de ver las cosas el hecho de que la más peligrosa de estas potencias aparezca como personificada por Medea, y de que ésta dialogue con esta personificación.[27] Solamente de un modo aproximado puede darnos la traducción lo que Medea pretende lograr con el , al que (1056) conjura para poder perdonar a sus hijos. La vehemente y ardiente voluntad del corazón, la pasión que va más allá de lo reflexivo, todo esto se encuentra en la palabra, según la emplea aquí Eurípides. La potencia contraria, que contra esta voluntad lucha en el pecho de Medea, son los , los pensamientos de serena reflexión, que detrás del afán de la loca acción hacen visible su significado en el conjunto del mundo y sus consecuencias. Tan violenta es la lucha, que Medea cambia cuatro veces de resolución.[28] La madre ve la mirada y la sonrisa de sus hijitos y cree que no podrá hacer lo que, sin embargo, quiere. Pero finalmente el demonio que hay en su corazón ha resultado más fuerte, y la siguiente idea revela que los niños en todo caso están perdidos[29]: si los perdona la madre, los alcanzará la venganza de sus enemigos, después de la muerte de Creusa, que en estos momentos debe estar consumándose. Ahora se entrega completamente al dolor de la despedida[30], a las últimas caricias, luego condensa todo lo que ha pasado por su alma en unas palabras que para la tragedia euripideana de esa época poseen un significado programático (1079): ‘El fiero valor del corazón es más fuerte que mi pensamiento, ese valor que para el hombre es la causa de los peores males.’» 31
«Aquí, como en ningún otro pasaje del drama de Eurípides, vemos claramente cómo los dos polos de la oposición trágica ya no son, como en Esquilo, Dios y el Hombre, sino que ambos se encuentran en el pecho del ser humano. Si esto, en cierto sentido, comparado con los predecesores, puede significar una secularización de la tragedia, no quiere decir en modo alguno que lo trágico haya perdido su sentido y que se haya alejado de la tragedia la superestructura de un orden válido del mundo. Medea, Hipólito, Hécuba, todos ellos se encuentran con obrar y padecer en un firme orden del mundo. Que este orden sea de índole divina, Eurípides jamás lo ha puesto en duda, por muy insegura que se le haya hecho su explicación por medio de la mitología tradicional.»32 Sobre lo último, se debe apuntar que, lo que explora el poeta con su tragedia y lo que coloca como centro de la cuestión, son las íntimas relaciones que se establecen entre los hechos y las personas: en cuanto se habla de un orden del mundo, se debe aclarar que este orden responde a estas relaciones, las cuales el hombre33 (y aquí se encuentra su propia tragedia) trata de ver de manera ordenada, ignorando lo múltiple, lo incierto, lo azaroso que hay en el laberinto del destino humano; es por esto último, que, retomando, no se le debe quitar importancia a la figura de Egeo: su azarosa llegada define el orden del plan y de la tragedia. El poeta debe dar una visión ordenada (si no, ingresaríamos en el argumento de alguna de las obras que describe Borges de alguno de sus personajes) pero siempre nos advierte sobre la posibilidad de lo posible y de lo imposible, lo cual es la enseñanza de la ficción.34
«El gran monólogo constituye el punto culminante del drama[35], en él ha llegado el momento decisivo de la lucha que se libra en el alma de Medea[36]. Todo lo demás se desarrolla con fatídica necesidad. Llega un mensajero y anuncia el desdichado fallecimiento de Creusa a causa de los adornos de los regalos envenenados.[37] Todavía se vuelve Medea hacia las mujeres y justifica su acción por medio de la necesidad del destino, y una vez más vuelve al monólogo, habla a su propia mano, que amenaza paralizarse (1244).[38] Pero entonces, en medio de las palabras angustiadas del canto del coro[39], resuenan los gritos de los niños, gritos de muerte. Jasón llega demasiado tarde para salvarlos, y anonadado contempla cómo Medea, con los cadáveres de sus hijos, huye en el carro tirado por dragones que le ha enviado el dios Helios. La hechicera, en el carro mágico, gozando con salvaje deleite su triunfo sobre el odiado esposo, confiere un intenso acento al final del drama. Pero para nuestra mentalidad, aquí desaparece la mujer que en el centro de la obra vimos luchando contra el destino y sufriendo, cautiva de la necesidad fatal y de la culpa.»40
Por último, es importante mencionar el final de la obra, el cual, probablemente clarifique lo expuesto hasta aquí: (1415 y ss.) ‘Corifeo.- Zeus en el Olimpo es el dispensador de muchos acontecimientos y muchas cosas, inesperadamente concluyen los dioses. Lo esperado no se llevó a cabo y de lo inesperado un dios halló el camino. Así se ha resuelto esta tragedia.’


CONCLUSIÓN:

En primer lugar, se debe exponer lo dicho por Alberto M. González y Juan A. L. Pérez en su introducción a Tragedias I...: «... lo que sobresale en las tragedias de Eurípides es la captación profunda y perspicaz de las contradicciones de la naturaleza humana, ese pozo insondable, tanto de estremecedoras bellezas como de iniquidades, tan crueles porque no son animales, sino racionales. Brevemente dicho: Eurípides es el trágico de la tragedia de la existencia humana41 En segundo lugar, y siguiendo lo dicho por los autores, se debe señalar la distancia que el poeta mantiene con Esquilo y Sófocles: ‘Como a notado muy bien L. Meridier [en Euripide. Le Cyclope, Alceste, Médée, Les Héraclides, París, 1926], un trágico como Esquilo habría hecho hincapié, de acuerdo con la concepción tradicional griega, que exigía lavar con sangre los delitos de sangre, en el problema religioso y hubiese llegado a la conclusión (como en la Orestía) de que las tribulaciones de Medea son la secuela lógica de los actos impíos que cometió matando a sus hermanos para huir en pos de Jasón... No le interesa al poeta ni detenerse en problemas de corte teológico, como a Esquilo, ni tampoco ahondar en el dolor humano como demostración de los peligros que pueden acechar al hombre que, traspasando su límite, se hace la ilusión de acercarse a la grandeza divina, como nos lo hubiera presentado Sófocles...»42
Como escuetamente se pudo observar en el análisis, en Medea43 se encuentran mecanismos e instrumentos que posteriormente intervendrán en lo que se ha llamado ficción literaria, entendiéndose por esto que la literatura es un sistema autónomo, que analiza la realidad y establece un conocimiento poético (un conocimiento de lo ambiguo y de lo múltiple), o en otras palabras: la ficción literaria brinda el conocimiento de lo posible.
Así se entiende que Eurípides diluya el aura mágica y fantástica de Medea para cargarla de realismo (de un realismo de época, ese realismo que siempre se le exige al artista), para luego volver a utilizar la imagen mítica antes ocultada, con el fin de lograr el efecto espectacular del final de la obra y potenciar la idea de ficción44 (Medea se convierte en un ser extraordinario, superior: se remitifica45).
Por último importa decir, de acuerdo con lo expuesto hasta aquí, que Eurípides es un artista revolucionario que da inicio a la moderna concepción de la literatura: un arte que, como una forma particular de conocimiento, estudia al hombre y se estudia, en la búsqueda de un conocimiento poético.
NOTAS:
 
1 Dice A. Girri en respuesta a si la poesía es un método de conocimiento como la ciencia, idea aquí llevada al Arte: «Una indagación de la realidad, método de conocimiento especial, distinto del científico, pero igualmente válido. Podría decirse, asimismo: un conocimiento capaz de darle existencia permanente a la realidad aparencial en que nos movemos; la tesis de que todo lo que nos rodea existe, pero no existe sino mediante el poema que lo va creando...
«De la relación poesía-ciencia, todo está dicho, me parece, en estas palabras de un científico, Bronovsky: ‘La ciencia es obra de la imaginación, exactamente como la poesía. Y el lenguaje de la ciencia no consigue librarse de ambigüedad, como no consigue librarse el lenguaje de la poesía, puesto que la ambigüedad se oculta en el tejido de todas las cosas.’», en Cuestiones y Razones, Alberto Girri, Ed. Fraterna, Bs. As., 1987
2 Cf. Kuhn, T., La Estructura de las Revoluciones Científicas, F.C.E., México, 1971
3 P. Valery afirma que el arte establece formas, que, tras ser renovadas por otras, retornan estableciendo un ciclo continuo y dialéctico.
4 Piénsese en los ritmos que establece el Modernismo a partir de R. Darío. A tal efecto, se puede decir que los cambios son formales (teniendo en cuenta que la forma hace al fondo, y que constituyen ambos un todo indisoluble como lo afirma Valery).
5 Cf. Historia de la Literatura Griega, Gredos, 1976, pp. 389-390, extraído de Tragedias I, s. ‘Los clásicos de Grecia y Roma’, Ed. Planeta-DeAgostini, Bs. As., 1995, pp. 6, de ‘Biblioteca Clásica Gredos’, Ed. Gredos, 1993.
6 Cf. A. Lesky, La Tragedia Griega, Nueva Colección Labor, Ed. Labor, Barcelona, 1973, pp. 161, 162
7 «Las acciones del hombre y la dirección divina ya no se unen para él en el mundo de las irreconciliables contradicciones para formar un cosmos ético, y precisamente en esto es donde se manifiesta su mayor contraste con respecto a Esquilo. Si para éste el destino humano era solamente el escenario en que se manifestaba paradigmáticamente un orden superior, en cambio, para Eurípides, en dramas como Medea e Hipólito, este destino nace del hombre mismo, del poder de sus pasiones, en las que, a diferencia de Esquilo, ya no hay ningún dios que a modo de  sirva de ayuda en el camino del conocimiento y la comprensión...» en La tragedia... pág. 164 (op. cit.).
8 Como afirma Antonio Alegre en el Prólogo de Tragedias I (op. cit.): «Eurípides es el trágico de las fronteras: institucionales, religiosas, humanas, existenciales, políticas, estilísticas. Ahí radica su complejidad y su enorme grandeza. Fue un racionalista, defensor de la ilustración, la racionalidad y el laicismo de Anaxágoras, Pródico y Protágoras; es decir, en parte fue un propagandista de las ideas de la sofística y del Estado; pero, en parte, fue también un crítico desencantado...»
9 La estructura esquemática de la obra es la siguiente:


Prólogo (1-95): Monólogo de la nodriza y aparición en escena del pedagogo con la noticia del destierro de Medea.
Párodo (96-213): Después de la entrada del Coro en escena, sigue la párodo, propiamente dicha, entre el Coro, la nodriza y Medea.
Episodio 1. (214-409): Lamentación de Medea sobre la condición de la mujer y diálogo con Creonte.
Estásimo 1. (410-445): El Coro filosofa sobre la violación de los juramentos y lamenta la situación de Medea.
Episodio 2. (446-626): Diálogo entre Medea y Jasón.
Estásimo 2. (627-662): El Coro exalta el poderío de Cipris, diosa del amor.
Episodio 3. (663-823): Encuentro y diálogo entre Medea y Egeo. Medea, a continuación, expone su terrible proyecto.
Estásimo 3. (824-865): El Coro hace un encendido elogio de Atenas.
Episodio 4. (866-975): Nuevo diálogo entre Medea y Jasón.
Estásimo 4. (976-1001): El Coro llora la suerte de los niños y de Medea.
Episodio 5. (1002-1250): Diálogo entre Medea y el pedagogo que le refiere la desgracia de palacio. A continuación, el mensajero describe con detalle lo ocurrido.
Estásimo 5. (1251-1292): El Coro presagia la catástrofe que se avecina sobre los niños.
Éxodo (1293-1419): La primera escena es entre Jasón y el Coro. La segunda, entre Jasón y Medea.

10 Cf. La tragedia... pp. 171 y ss. (Análisis que se seguirá durante todo el trabajo.)
11 O como lo indica Juan A. López Férez en su introducción a Tragedias I, Ed. Cátedra, ‘Letras Universales’, Madrid, 1992, págs. 47-51.: dicho interés está en Eurípides en las primeras obras, pasando luego a la estructuración episódica de las mismas, con la consecuente disolución de las figuras centrales de los dramas.
12 Característica que desde Poe se desarrolla con absoluta claridad en toda la literatura, como lo mencionan autores tan disímiles como Borges o Hemingway.
13 Cf. La tragedia... pp. 172 - 173.
14 Cf. La tragedia... pp. 173.
15 Cuyo mayor representante es Samuel Beckett.
16 Recuérdese que se considera al cuento de Borges, Biografía de Tadeo Isidoro Cruz, como un cuento de características realistas, o las descripciones de situaciones cotidianas que hace Cortázar.
17 Debe tenerse en cuenta, además, el problema que aqueja a Egeo: no poder tener hijos (como los juegos de espejos tan comunes en nuestra literatura).
18 En nuestra traducción (816-817):
Corifeo.- ¿Te atreverías a matar a tu simiente, mujer?
Medea.- Así quedará desgarrado con más fuerza mi esposo.
19 También una curiosidad: la repetición de una frase de Medea en varios textos: ‘Que nadie me considere poca cosa, débil e inactiva, sino de carácter muy distinto, dura para mis enemigos y, para mis amigos, benévola...’; aparece en la Biblia (I Corintios 9:22): “Me he hecho débil a los débiles, para ganar a los débiles; a todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos”,y en Martín Fierro: “/ con los blandos yo soy blando / y soy duro con los duros /” (pte. 1, vs. 69 - 70), a los que hace mención Borges y que además tienen una gran similitud con unos versos de Manrique.
20 Cf. La tragedia... págs. 173-174. Las citas de la obra provienen de Tragedias I..., de nuestra traducción.
21 Es importante aquí, como en todas las otras menciones, Macbeth de Shakespeare.
22 Como lo hizo ella.
23 Es importante observar cómo la fiereza de Medea declina (primero parece burlarse al repetir las palabras antes dichas por Jasón), y en su discurso se anticipan las dudas y la culpa que pronto la invadirán (la araña siente su femineidad, su rol de madre):
‘Medea.- (...) Entre nosotros hay paz y el rencor ha desaparecido. Tomad su mano derecha. (Hablando para sí.) ¡Ay, hijos, cómo vienen a mi mente desgracias ocultas? Hijos míos, ¿viviréis mucho tiempo para tender así vuestros brazos queridos? ¡Desgraciada de mí, cuán pronta estoy al llanto y llena de temor! (Alto.) Ahora que terminó la disputa con vuestro padre, mis tiernos ojos se llenan de lágrimas.’ (899-906) luego Jasón observará en su rostro la palidez de su rostro que esconde la oscuridad de su alma. Las citas provienen de Tragedias I... antes mencionada.
24 Es incomparable la frase (irónica, cargada de símbolos) dirigida a los niños: (956-959) ‘Tomad estos regalos de boda, hijos, en vuestras manos, entregádselos como presente a la princesa, esposa feliz. No son dones despreciables los que va a recibir.’ De la traducción de Tragedias I... antes mencionada.
Por otra parte, en las palabras del Pedagogo vuelve a aparecer algo ya familiar (y por lo tanto siniestro): ‘(...) la joven reina ha recibido con gusto los regalos en sus manos.’
25 En su diálogo con el Pedagogo ya comienzan sus dudas, y el terror por lo que pronto acontecerá.
26 Inicialmente Medea se plantea la posibilidad de que sus hijos, ya asesinos, continúen viviendo en palacio (a tal punto que ve en vano sus dolores de parto pues no podrá acompañarlos en sus matrimonios). Luego y nuevamente: ‘...que, una vez muerta, me enterrárais piadosamente con vuestras propias manos, acción deseada por los mortales...’ (1034-1035) Para caer en otro pensamiento, más real: ‘Y ahora ha muerto ese dulce pensamiento (...) Vosotros no veréis más a vuestra madre con vuestros queridos ojos, pues estáis a punto de cambiar a otra forma de vida...’ (1036-1039) E ingresar en la locura (1040 y ss.): ‘¡Ay, ay!, ¿por qué me miráis con vuestros ojos, hijos? ¿Por qué sonreís, como si fuese vuestra última sonrisa?’ Aquí se produce un enfrentamiento de dos legalidades, pero en el interior mismo de Medea, quien es la única capaz de comprender lo que ocurre: ella puede sentir la alegría de sus hijos, pero allí sólo ve la siniestra (en términos freudianos) imagen de la muerte, y de su propia angustia.
La desesperación de Medea llega a tal punto que en un ir y venir decide abandonar el plan de matar a sus hijos, pero frente a no ser el ‘hazmerreír’ de los demás (como el tema de la fama, tan caro a los españoles) opta finalmente por llevarlo adelante.
27 Téngase en cuenta lo dicho antes en relación con el desdoblamiento de Medea; aquí se podría encontrar un antecedente del doppelgänger que autores como Stevenson, Borges, Conrad y Baker, entre muchos otros desarrollarán.
28 Aquí aparece fuertemente el tema de las contradicciones del ser humano, tema que Eurípides remarca con precisión: «...En este movimiento [la Sofística], el hombre ha salido de la segura guarda de la tradición y se ha lanzado en medio del mundo de las antinomias. Tiene toda la importancia de un programa el hecho de que uno de los escritos de Protágoras lleve por título , Contradicciones....», como dice Lesky en La tragedia... pág. 162, y también: «...a su cavilar, en vez de un claro conocimiento, se le aparecen los , los aspectos contradictorios de las cosas...», pág. 163.
29 Dice Medea (1050): ‘...¡Qué cobardía la mía, entregar mi alma a blandos proyectos! Entrad en casa, hijos.’ (Aquí ha retornado a su figura demoníaca. Y una llamada al auditorio:) ‘A quien la ley divina impida asistir a mi sacrificio, que actúe como quiera. Mi mano no vacilará’ (1055).
30 Pues ‘...me dirijo por el camino más penoso y a ellos los voy a enviar por uno más penoso aún...’ (1069).
31 Cf. La tragedia... págs. 174-175. La cita de nuestra traducción es: ‘Sí, conozco los crímenes que voy a realizar, pero mi pasión es más poderosa que mis reflexiones y ella es la mayor causante de males para los mortales.’
32 Cf. La tragedia... p. 175.
33 Como dice Lesky: «Los sofistas pusieron en el hombre y solamente en el hombre todo conocimiento y toda decisión. En el mundo de ellos, no hay ninguna potencia, fuera del sentir y del pensar humanos, que pudiera determinar la acción del individuo. Los dioses, si es que existen de alguna manera o en algún lugar, quedan despojados de tal función determinativa. Ya lo dijo Protágoras: “Acerca de los dioses, yo nada puedo saber, si existen o si no existen, o cómo son, porque hay muchos obstáculos que se oponen a comprobarlo, su invisibilidad y la vida tan breve del ser humano.”, en La Tragedia... pág. 163.
34 Como, desde el Quijote, vemos en la literatura castellana.
35 Es interesante también la reflexión que hace el coro sobre los pesares de los padres.
36 Quien, desesperada, dice: ‘...estoy esperando el desenlace...’ (1117) en un juego que podría pertenecer a nuestro teatro actual.
37 Por otra parte, la escena se convierte en algo grotesco (y tan propio del cine), cuando Medea le contesta al mensajero: ‘Me has anunciado una noticia bellísima; en adelante te tendré entre mis bienhechores y amigos.’ El mensajero, también, dirá (mientras cuenta cómo se produjo la muerte de Creusa): ‘Uno besa la mano, otro el rubio cabello de tus hijos...’
Más allá del detalle anteriormente mencionado, se debe comentar el relato que hace este personaje: en primer lugar, la mirada y el gesto de Creusa cuando ve entrar a los hijos de Jasón y su actitud cuando ve los obsequios, valen tanto como un extenso discurso del coro; la descripción por medio de lo gestual de lo femenino (su coquetería) es impecable y cargado de imágenes estéticamente bellas: (1160-1167) ‘...y, colocándose la corona de oro sobre sus bucles, adorna su cabellera delante de un brillante espejo, sonriendo ante la aparición imagen sin vida de su cuerpo. Y después, levantándose de su trono (...) dirige atrás una mirada curiosa sobre sus talones poniéndose de puntillas.’; la plasticidad de la primera parte, como es evidente, se contrapondrá con la violenta muerte de Creusa, también descripta en su plasticidad de manera impecable: ‘... y el fuego, cuanto más sacudía sus cabellos, en lugar de extinguirse redoblaba su fulgor.’; y la de su padre: ‘una lucha terrible se desarrollaba, pues él quería levantar su rodilla, pero ella lo retenía. Y si tiraba con fuerza, arrancaba sus ancianas carnes de los huesos...’ (1214-1215) Es clara aquí la pretensión de Eurípides: la descripción, plástica, bella, violenta, y real sobre todo, tiene como único objetivo mostrar el hecho fantástico de la muerte por el maleficio.
Por último, su reflexión sobre los hombres sabios y la felicidad es representativa del escepticismo de la época: sólo existe la fortuna.
38 ‘Medea.- Amigas, mi acción está decidida: matar cuanto antes a mis hijos y alejarme de esta tierra; no deseo, por vacilación, entregarlos a otra mano más hostil que los mate. Es de todo punto necesario que mueran y, puesto que es preciso, los mataré yo que los he engendrado. Así que, ¡ármate, corazón mío! ¿Por qué vacilamos en realizar un crimen terrible pero necesario? ¡Vamos, desdichada mano mía, toma la espada! ¡Tómala! ¡Salta la barrera que abrirá paso a una vida dolorosa! ¡No te eches atrás! ¡No pienses que se trata de tus hijos queridísimos, que tú los has dado a luz! ¡Olvídate por un breve instante de que son tus hijos y luego... llora! Porque, aunque los mate, ten en cuenta que eran carne de tu carne; seré una mujer desdichada.’ (1237-1251) de Tragedias I... (antes citada). Aquí, el poeta condensa todo aquello que ha venido trabajando: Medea llega al extremo de su locura: su desdoblamiento es total, manifestándose en lo físico. La presencia de su cuerpo se extiende sobre el cuerpo de sus hijos, a quienes eliminará, aunque primero deba convencer a su mano. Por otra parte, su gesto puede encontrarse en cualquier texto de actuación teatral de Chéjov a nuestra época, como por ejemplo La construcción del personaje, de Constantin Stanislavski; asimismo, puede observarse con cierta frecuencia en el cine. Recordemos también los famosos versos de Borges (inspirado en Macbeth) ‘...la delicada / mano capaz de ensangrentar los mares...’, de Un Libro, en Historia de la Noche (1977), extraído de Obra Poética, Emecé Editores, Bs. As., 1989.
39 Aquí la obra se desencadena con una velocidad impensada; se alcanza un tono dramático que hace pensar en ‘El corazón delator’ de Poe, narración en la cual el autor norteamericano experimenta con el ritmo a partir de las pulsaciones cardíacas.
Por otra parte, en la Antístrofa 2da. (1283) se hace una nueva mención a la mano, en relación al antecedente mítico de Ino. Luego, cuando Medea huye, otra mención: (a Jasón) ‘pero nunca me tocarás con tu mano. Tal carro nos ha dado el Sol, padre de mi padre, para protección contra mano enemiga.’ (1321-1323) Y habrá tres más: (1365), (1379) y (1412).
Asimismo, en lo que se refiere a lo puramente teatral, se debe destacar la imagen final de la obra: el cuadro escénico presentado demuestra que la obra fue pensada y estructurada, entre lo ya mencionado, como un todo espectacular.
Cabe, por último, resaltar en el éxodo, ciertas cosas: la imagen de Jasón enterándose de la muerte de sus hijos, única en la que se lo ve como un ser con emociones (1293-1318); las palabras de Medea frente a su reproche: ‘Sábelo bien: el dolor me libera, si no te sirve de alegría.’ que muestran la furia animal (‘de leona’ como la llamará Jasón) que la domina. Finalmente, Medea obtiene todo el poder del drama, a tal punto que le ordena (casi irónicamente) a Jasón: ‘Entra en casa y entierra a tu esposa.’
40 Cf. La tragedia... 175-176
41 V. págs. 6-7
42 V. pág. 17
43 En tal sentido, afirman M. González y L. Pérez, en Tragedias I...: «Medea expresa la magia de la mujer, su opresión, su maldad, su inteligencia para liberarse de tal opresión. Se trata de una tragedia enorme que expresa la universalidad de la conflictividad entre poder y amor, y es un canto a favor de la liberación de la mujer.»
44 O como dice Lesky: «es sobre todo la mujer que opone al sufrimiento y a la humillación el exceso de su vehemente pasión. Por ello nos olvidamos de la hechicera con todos sus mágicos requisitos, por más que éstos sean utilizados en el lugar oportuno. No como bruja, sino como ser humano es demoníaca esta Medea que Eurípides convierte en asesina de los propios hijos. Con una gran libertad, se enfrenta aquí a la tradición, que nos habla del asesinato de los hijos por los corintios y del culto que se les tributó (Schol. Med. 9,264, Paus. 2,3,6, etc.) y que en una variante nos permite reconocer el punto inicial para la innovación de Eurípides...» en La Tragedia... pág. 171.
45 Como lo explica R. Barthes para la actualidad, en su artículo ‘El mito, hoy’. En dicho trabajo, explicita que el proceso de mitificación, básicamente, consiste en una resemantización de elementos particulares, elegidos intencionalmente (de la realidad), o en términos más precisos: el signo lingüístico es tratado como significante de un nuevo signo.

jueves, 4 de octubre de 2012

Simbolismo nominal en los personajes de Doña Bárbara

En el Prólogo a Doña Bárbara , Rómulo Gallegos cuenta cómo “una tarde de abril, a orillas de un río llanero” encontró a los personajes fundamentales de su novela. Señalando que la mayor parte de ellos se inspiran en personas reales, los personajes de Santos Luzardo y Marisela tienen su origen, según nuestro autor, en su “pura invención de novelista”. Gallegos dice además, marcando con ello el plan que va a seguir con su novela: “yo no podía limitarme a la pintura de singularidades individuales que compusieran caracteres puros, sino que necesitaba elegir mis personajes entre las criaturas reales que fuesen causas o hechuras del infortunio de mi país, porque algo además de un simple literato ha habido siempre en mí” .
 
Desde esta perspectiva, el objetivo que persigue Gallegos, como tiempo atrás el de Sarmiento, es el de utilizar lo literario como instrumento para el logro de objetivos sociales y políticos. En este contexto, los personajes de su novela (retratados de la realidad o extraídos de la imaginación) cumplen, como ya señala su autor, una función mayor que la de actores de los hechos narrados: representarán el carácter de los determinados tipos humanos que, con sus vicios y sus virtudes, conforman la realidad venezolana de la época. De esto se desprende el valor simbólico de los personajes, que en el texto se configura a través de sus nombres.
 
Por consiguiente, podemos señalar que mediante el simbolismo nominal, Gallegos pretende “nominalizar” caracteres o conductas humanas , de modo tal que para identificar a los personajes alcance con el significado lingüístico de la palabra que constituye su propio nombre , amplificado por los significados que se le asocian desde la lectura del propio texto literario.
 
Mediante el siguiente esquema podemos representar cómo Gallegos utiliza este procedimiento:
 
significante de la “palabra”  significado lingüístico

------------------------------------------------------------------ significado social y político

nombre del personaje  significado literario

Así, tomando como ejemplo el personaje de doña Bárbara, podemos completar el esquema:

“bárbara”  persona cruel, inculta, brutal, etc. caciquismo,

----------------------------------------------------------------------- feudalismo,

doña Bárbara  la devoradora de hombres, la “dañera”, corrupción,

“trágica guaricha”, autoritaria, corrupta, violencia social,

“marimacho”, etc. derecho de la fuerza, etc.

Por otra parte, debemos tener en cuenta que, como ya señalábamos antes, Gallegos construye su novela sobre un sistema de oposiciones: el autor formula un eje estructural semejante al seguido por Sarmiento al enfrentar “civilización” y “barbarie” . Así, a través de un modelo dialéctico, en la novela se proyecta el conflicto entre el mundo civilizado y la barbarie. Si a Facundo Quiroga no se le opone otro personaje , la contraparte de doña Bárbara es Santos Luzardo.
 
Estas oposiciones se extienden a los personajes secundarios, aunque desde una perspectiva de “buenos y malos”, lo cual aleja (y rebaja sociológicamente) la novela respecto de la de Sarmiento: en el caso de los respectivos capataces y los peones, éstos muestran caracteres afines a cada mundo, pero siempre desde la perspectiva “llanera” , siendo Santos Luzardo el único personaje que, si bien se ve influenciado por la barbarie, representa la civilización.
 
Por otra parte, encontramos personajes que no se sitúan estrictamente bajo alguno de las dos categorías, sino que “transitan” de una hacia otra: Marisela, que funciona como ejemplo de transformación o evolución desde la barbarie a la civilización, y Lorenzo Barquero, un “ex hombre”, el resultado del proceso inverso al de Marisela. Y compartiendo ciertos rasgos con ellos, Mister Danger, que si bien se opone a Santos, representa la barbarie del hombre blanco extranjero (supuestamente civilizado) convertido en una especie de pirata oportunista del llano. Asimismo, debemos señalar que una evolución semejante a la de Marisela y Lorenzo Barquero, es la que, con matices, experimentan Santos Luzardo y doña Bárbara, en tanto que el primero acepta “las reglas del juego” del llano y doña Bárbara, movida por su deseo amoroso, alcanza una especie de redención con su desaparición. Consecuentemente, sobre este proceso de oposiciones (no estáticas) las representaciones simbólicas alcanzarán su sentido pleno.

No obstante lo señalado, para críticos como Ülrich Leo, el componente simbólico de la novela está asociado ya no a una finalidad extra-literaria, sino a la propia representación poética, que siendo inherente a toda obra de arte, en la novela se manifiesta a través de tres formas: la comparación, la metáfora y la alegoría . Estas tres formas quedan definidas como sigue:

La comparación poética (inclusive la metáfora) propone, unidos, la imagen y su objeto original, aunque muchas veces con perjuicio sustancial del original; porque la imagen a veces obscurece más que aclara a su objeto [...] evitando más o menos la presentación sustancial y directa del original. En la alegoría se personifica y poetiza cada vez un concepto abstracto, y por sí mismo poco poético. En el símbolo artístico, tomado en su sentido estrecho, se está expresando poéticamente algo que directamente no se puede expresar, por algo capaz de ser poetizado. La comparación es añadidura y adorno estético [...]; la alegoría es puente entre lo lógico y lo poético y tiene naturaleza racional; el símbolo brota del fondo de la existencia irracional y la abre a la expresión poética [...]

Sin embargo, frente a esta perspectiva, en la que según entendemos se destacan los valores estrictamente literarios de la novela, consideramos que se puede hacer valer nuestra propuesta, fundamentalmente si tenemos en cuenta lo indicado por Bella Jozef en “Lectura de Doña Bárbara: una nueva dimensión de lo regional”, quien señala respecto del regionalismo de la novela, que “incorpora nuevas articulaciones literarias que, a veces, va a buscar en el panorama universal” . Este universalismo lo logra mediante la utilización de un sistema de símbolos en el que las representaciones constituyen estereotipos, o lo que es lo mismo: construye un mito .

Jozef señala que en el enfrentamiento entre los personajes de Santos Luzardo y doña Bárbara se encuentra el pathos de la novela, siendo éste el “tema arquetípico de la tragedia” . Esto permite establecer un vínculo entre un espacio simbólico limitado (el del llano y su gente) y un espacio de cualidad universal.
 
En tal sentido, esta representación trágica instaura, tomando la visión aristotélica de la tragedia, una relación entre el discurso y el espectador, de la cual podemos inferir su función social (y política): a través de la empatía, simpatía o antipatía que despierte el símbolo en el espectador (en este caso, el personaje convertido en símbolo o estereotipo), se producirá una disposición o identificación en la persona hacia la idea que porta el propio símbolo.

Asimismo, debemos considerar que, a diferencia de los personajes míticos universales (tomemos por ejemplo Edipo, Medea o Hamlet), Gallegos debe construir sus héroes en (y para) una realidad específica, la de su país, en ese tiempo. Esto hace que nuestro autor recurra a nombrar a sus personajes con palabras cuyo significado lingüístico resulta transparente, estableciendo de este modo el vínculo señalado anteriormente entre un espacio limitado y otro universal.
 
En consecuencia, si volvemos sobre las palabras de Gallegos respecto de los objetivos que persigue con la novela (“necesitaba elegir mis personajes entre las criaturas reales que fuesen causas o hechuras del infortunio de mi país, porque algo además de un simple literato ha habido siempre en mí”) podemos afirmar que el procedimiento del “simbolismo nominal”, entendido como la presentación de un mito, se orienta a cumplir con estos fines, es decir, señalar, desde una perspectiva universalista, la causa de los males de su patria, y luego, proponer una respuesta. O dicho en otros términos, el simbolismo nominal cumple la función de unir la crítica a la realidad representada y el discurso literario.
 
Por otra parte, debemos tener en cuenta que esta respuesta que busca se encuentra en algo externo a la propia realidad: al igual que Sarmiento, Gallegos busca la solución de los “males” de su patria en una ideología foránea .
 
Ahora bien, desde esta perspectiva, y volviendo sobre el modelo que entendemos es utilizado por Gallegos para la construcción de los personajes, podemos comenzar a identificarlos:

1- Doña Bárbara
 
Si establecemos grados al determinar la transparencia lingüística de las palabras utilizadas para identificar a los personajes, el caso de doña Bárbara representa el grado máximo: la palabra “bárbara” puede definirse como: salvaje, cruel, feroz, inhumana, atroz, sanguinaria o bestial.

Una de las primeras menciones que se hace sobre ella la hace el propio Santos Luzardo, interrogando a El Brujeador: “– Dicen que es una mujer terrible [el subrayado es nuestro, en todas las citas], capitana de una pandilla de bandoleros, encargados de asesinar a mansalva a cuantos intenten oponerse a sus designios” (p. 10). De este modo, la primera definición se orienta hacia un término asociado a la barbarie: el caciquismo, el liderazgo a través del ejercicio de la fuerza y la corrupción: “se comprobó que todo, soborno, cohecho, violencia abierta, había sido asombrosamente fácil para la cacica del Arauca” (p. 19). Aunque el poder no sólo lo ejerce mediante la coerción sino de la seducción o la brujería : “ha fustaneado a muchos hombres, y al que no trambuca con sus carantoñas lo compone con un bebedizo [...], porque también es faculta en brujerías” (p.11). También, mediante la posesión del dinero, que la vuelve “bastante rica y muy avara” (p. 28). La sensualidad de la “cacica del Arauca” (p. 116) se manifiesta en su propio cuerpo: “Brillantes los ojos turbadores de hembra sensual, recogidos, como para besar, los carnosos labios [...] la tez cálida, endrino y lacio el cabello abundante” (p. 117). Utiliza sus “ojos acariciadores” y su voz: “flauta del demonio andrógeno que alentaba en ella, grave rumor de selva y agudo lamento de llanura, [...] hechizo de los hombres que la oían” (p. 120). Gallegos resume: “Tal era la famosa doña Bárbara: lujuria y superstición, codicia y crueldad, y allá en el fondo del alma sombría una pequeña cosa pura y dolorosa: el recuerdo de Asdrúbal, el amor frustrado que pudo hacerla buena. Pero aun esto mismo adquiría los terribles caracteres de un culto bárbaro que exigiera sacrificios humanos: el recuerdo de Asdrúbal la asaltaba siempre que se tropezaba en su camino con un hombre en quien valiera la pena hacer presa” (p. 29).

Su evolución viene dada por la transformación que opera en ella a partir de conocer a Santos Luzardo. Al describir su origen, Gallegos nos muestra dos vertientes que confluyen en ella: “Fruto engendrado por la violencia del blanco aventurero en la sombría sensualidad de la india”. No obstante, su inocencia juvenil se ve violentada por los hombres para los que en su juventud sirve, quienes “la brutalizaban con idénticas caricias” (p. 21), siendo violada por El Sapo. Inicialmente el narrador la presenta masculinizada: “Inhibida la sensualidad por la pasión de la codicia y atrofiadas hasta las últimas fibras femeniles de su ser por los hábitos del marimacho [...], más era hombruno tomar que femenino entregarse” (p. 29). Y uno de los hombres de Luzardo la define: “esa mujer es de pelo en pecho, como tienen que serlo todos los que pretenden hacerse respetar en esta tierra” (p. 52).

Como señalamos antes, el amor provoca en ella una transformación. Si en un principio, ella encuentra en la seducción el instrumento para ejercer su poder sobre el hombre, “Quien la amara [...] tenía la vida por tormento” (p. 63), conocer a Santos despierta en ella un confuso erotismo: “se entregaba a una actividad febril, a horcajadas sobre el caballo, amazona repugnante de pantalones hombrunos hasta los tobillos bajo la falda recogida al arzón [...], insultando a los peones [...], y por las noches se encerraba en el cuarto de las conferencias con el ‘Socio’” (p. 111 – 112). La transformación que opera en ella se inicia cuando opta por el simulacro para conquistar a Santos: “montaba a mujeriegas, cosa que no acostumbraba en el trabajo, y todo esto hacía olvidar a la famosa marimacho”. Pero a través de su fingimiento descubre otra motivación: “sintió [...] con toda la fuerza de las intuiciones propias de los espíritus fatalistas, que desde aquel momento su vida tomaba un rumbo imprevisto.” (p. 117), ya que en ella habita la dualidad: “se le revolvían las sangres del blanco y de la india” (p. 125). Pero a pesar de su esfuerzo por dominarse, en ella opera el cambio: “Al principio fue una tumultuosa necesidad de agitación; mas no de aquella, atormentada y sombría, que antes la impulsaba a ejercitar sus instintos rapaces, sino una ansia ardiente de gozar de sí misma con aquella región desconocida de su alma” (p. 126).

Ella comienza a “sentir el primer estremecimiento de esta ansia de bien, que ahora quería adueñársele del corazón hastiado de violencias”. Es una búsqueda de cambio: “ansia naciente de renovación” (p. 127), aunque en ella se mantenga la dualidad: “El hábito del mal y el ansia del bien, lo que ella era y lo que anhelaba ser para que pudiese amarla Santos Luzardo [...] se confundieron [...] en una masa informe de sentimientos elementales” (p. 172). Esto motiva múltiples preguntas: “¿No estaba ella, tal cual era, con todo el vigor de su naturaleza, en aquel anhelo de sepultar para siempre a la mujerona siniestra de la mano tinta en sangre, a la bruja como acababa de llamarla Marisela?” (p. 173).

Santos también busca en ella el cambio: “yo me he equivocado al venir a pedirle a usted lo que usted no puede dar: sentimientos maternales” (p. 130). Esta afectividad que intenta despertar el protagonista en doña Bárbara hacia su hija, y el amor que genera él en ambas mujeres, es lo que permite el desarrollo del conflicto, y con ello la “redención” de doña Bárbara. A diferencia de lo que propone Sarmiento (por continuar con nuestra comparación) Gallegos descubre que en la propia barbarie se encuentra el germen del cambio, lo cual explica las palabras con las que cierra la novela: “¡Llanura venezolana! ¡Propicia para el esfuerzo, como lo fue para la hazaña, tierra de horizontes abiertos, donde una raza buena, ama, sufre y espera! ...” (p. 243).

La irracionalidad de doña Bárbara la lleva a creerse su propio engaño: “pero ‘el Socio’ se las arrebató de los labios [sus palabras] y las pronunció con esa entonación [...] que tiene la propia voz devuelta por el eco” (p. 173). Asimismo, esta tendencia cada vez mayor hacia lo irracional despierta en ella un impulso de muerte : transita entre el deseo de destruir a Santos y la búsqueda de la autodestrucción: “A todo estaba dispuesta: a entregar sus obras y a cambiar de vida, porque ya no la impulsaba un capricho momentáneo sino una pasión [...] en la cual no todo era sed de amor, sino también ansia de renovación” (p. 197).
 
Así, genera confusión en los otros (“Con esta mujer no hay brújula” (p. 210), ya que “la famosa acaparadora del cajón del Arauca [...] no venía a entablar querellas, sino, por el contrario, a llevar a cabo reparaciones insólitas”. Llegada a la ciudad, se ha convertido en mito, ya que con “las mil historias de sus amores y crímenes, muchas de ellas pura invención de la fantasía popular [...] la mujerona adquiría caracteres de heroína sombría, [...] era casi un personaje de leyenda que excitaba la imaginación de la ciudad” (p. 234).
 
Finalmente, el impulso de muerte la conduce a entregarlo todo: “Soñaba, como una jovencita ante su primer amor, haciéndose la ilusión de haber nacido a una vida nueva y diferente, olvidada de su pasado”, pero “la ciudad [...] quería hacerla recordar la historia que ella se empeñaba en olvidar” (p. 236). Entonces, al descubrir que su pasado siempre la condicionará, decide buscar la desaparición total: “como los pasos de doña Bárbara, sombra errante y silenciosa a lo largo del ribazo” (p. 237). Esto la conduce hacia la plena necesidad de morir: “se encontraba ahora en presencia de algo contra lo que no sabía luchar” (p. 238). La percepción de la muerte la invade, pero desde su dualidad: “Presentía el fracaso de las esperanzas puestas en la entrega de sus obras, y el fatalismo del indio que llevaba en la sangre la hacía mirar ya, a pesar suyo, hacia los caminos de renunciación” (p. 238) Esto, a su vez, le presenta dos caminos posibles cuyo final es la muerte: en uno la de su hija, en el otro, la suya propia: “Puesto el ojo en la mira que apuntaba al corazón de la muchacha embelesada [Marisela], doña Bárbara se había visto, de pronto, a sí misma [...] pendiente de las palabras de Asdrúbal, y el doloroso recuerdo le amansó la fiereza [...] y aquella ansia de formas nuevas que tanto la había atormentado tomó cuerpo en una emoción maternal, desconocida para su corazón” (p. 240). Descubre que ese sentimiento maternal la conduce hacia la muerte: “Había envejecido en una noche, tenía la faz cavada por las huellas del insomnio, pero mostraba también, impresa en el rostro y en la mirada, la calma trágica de las determinaciones supremas” (p. 241).

2- Santos Luzardo
 
En este nombre se conjugan dos palabras con significados asociables y oponibles: “santo” y “luz”. Ambas palabras pueden asociarse en un sentido místico, en que representan la bondad del hombre civilizado frente a la maldad de la barbarie (de los términos “bruja” y “oscuridad” asociables a doña Bárbara). Pero también pueden señalar una oposición en tanto que el término “luz” puede figurarnos una idea alejada de todo sentido religioso, en el sentido de “iluminación” positiva a partir del conocimiento.

Sobre esta ambigüedad, que resulta paralela a la de doña Bárbara, debemos tener en cuenta que su evolución se caracteriza por esta tensión interna: “dos corrientes contrarias [...] el deseo de consagrarse a la obra patriótica, a la lucha contra el mal imperante, contra la Naturaleza y el hombre [...]; propósito desinteresado, hasta cierto punto, pues lo que menos contaba en él era el ansia de reconquistar la riqueza dedicándose a restaurar el hato [...] la llanura semibárbara, ‘tierra de los hombres machos’”. Santos Luzardo persigue un “vasto plan civilizador” (p. 40), como una fuerza superior que domina siempre su costado salvaje. Así, en el inicio de la novela, el autor describe su “alma cimarrona” de Santos Luzardo (p. 18), aunque: “los hábitos intelectuales habían barrido de su espíritu las tendencias hacia la vida libre y bárbara del hato” (p. 19). En su primera aparición, el narrador indica: “Su aspecto y su indumentaria denuncian al hombre de la ciudad, cuidadoso del buen parecer” (p. 8). Pero la fuerza telúrica del llano, que se encuentra en su propio interior, en su pasado y en su sangre: “La vida del Llano [...] pondría en peligro la obra de sus mejores años, consagrados al empeño de sofocar las bárbaras tendencias del hombre de armas tomar, latente en él.” (p. 40), peligro que le es revelado por Lorenzo Barquero): “Tú también has oído ya la llamada de la devoradora de hombres.” (p. 71)

Santos Luzardo avanza hacia la búsqueda de su objetivo introduciendo modificaciones en las costumbres del llano,“todo lo que contribuyese a suprimir ferocidad tenía una importancia grande para su espíritu” (p. 81). La primera de ellas, la delimitación de los territorios mediante el uso del alambrado: “Luzardo se quedó pensando en la necesidad de implantar la costumbre de la cerca. Por ella empezaría la civilización de la llanura” (p. 82) Y la luz de la razón y el progreso lo inunda: “Algún día será verdad. El progreso penetrará en la llanura y la barbarie retrocederá vencida. Tal vez nosotros no alcanzaremos a verlo; pero sangre nuestra palpitará en la emoción de quien lo vea” (p. 83).
 
Por otra parte, la mirada de doña Bárbara nos lo describe: “La subyugaba aquel insólito aspecto varonil, aquella mezcla de dignidad y de delicadeza que nunca había encontrado en los hombres que la trataran, aquella impresión de fortaleza y de dominio de sí mismo” (p. 118). No obstante, el “carácter de caporal de sabana” (p. 119) que comienza a exhibir, lo lleva a acercarse al mundo bárbaro: “había experimentado la curiosidad, meramente intelectual, de asomarse sobre el abismo de aquella alma” (p. 120). Y doña Bárbara intenta mover en él las fibras de la pasión, pero se muestra firme y esto hace que ella experimente “placer en hallar autoritario a aquel hombre” (p. 128).

Pero el riesgo de convertirse en un integrante más de la llanura viene generado por la invitación que le hace Lorenzo Barquero: “Mátala y conviértete en el cacique del Arauca. Los Luzardos no fueron sino caciques y tú no puedes ser otra cosa [...] En esta tierra no se respeta sino a quien ha matado. No le tengas grima a la gloria roja del homicida” (p. 140 – 141). Santos reflexiona sobre lo que hubiera sido de él de haberse quedado en el llano: “- Si en vez de llevarme a Caracas, mi madre me hubiera dejado por aquí [...] yo no sería hoy el doctor, sino el coronel Santos Luzardo” (p. 191). Pero al no poder imponer sus normas descubre la frustración “- Que el atropello me lanza a la violencia y que acepto el camino” (p. 193). Pero esto entraña peligros, ya que “El doctor se ha echado por un camino que no es el de él y que no lleva a buen fin” (p. 207). No obstante, Santos decide asumir otra ley distinta de la que profesa: “si no pudo vindicar ante la justicia subordinada a la violencia sus derechos atropellados, sí sabría defenderlos en lo sucesivo con la fiera ley de la barbarie: la bravura armada” (p. 212). Así, vuelve a la “intempestiva regresión a la barbarie que atormentó su primera juventud” (p. 215). Esto lo lleva a empuñar las armas: “Moralmente, ya él pertenecía a la gavilla de asesinos de la cacica del Arauca”. Santos cree haberse convertido en un asesino, y al mismo tiempo “ejecutor de los designios de la mujerona” (p. 223). Lorenzo le dice: “¿Tú también has oído la llamada?” (p. 228)

Pero Santos Luzardo “ve acercarse la luz salvadora” (p. 228), ya que descubre que “su verdadera obra, porque la suya no podía ser exterminar el mal a sangre y fuego, sino descubrir [...] las fuentes ocultas de la bondad de su tierra y de su gente [...] aquella noche también para Marisela bajó la luz al fondo de la caverna” (p. 229). El tópico de la luz como conocimiento y liberación alcanza su máxima expresión al unirse al nombre del personaje.

3- Mister Danger
 
Las dos palabras que componen su nombre remiten por un lado a su origen extranjero, y luego a su función como personaje. En ocasiones se nos presenta como “Mister Danger”, aunque en otras como “Mister Peligro”. El término “mister” nos puede remitir ya no a un uso de cortesía sino a una nueva forma de identificación feudal. “Danger” o “peligro” resultan notoriamente transparentes respecto de su funcionalidad en el texto y en la relación entre discurso y sociedad: el personaje representa el peligro extranjero, un nuevo conquistador, que ocupa el territorio y lo explota.
 
En tal sentido, su presentación resulta evidente: “Era una gran masa de músculos, bajo una piel roja, con un par de ojos muy azules y unos cabellos color de lino. Había llegado por allí hacía algunos años, con un rifle al hombro, cazador de tigres y caimanes. Le agradó la región, porque era bárbara como su alma, tierra buena de conquistar, habitada por gentes que él consideraba inferiores por no tener cabellos claros y los ojos azules [...] él se limitó a plantar cuatro horcones, en un terreno ajeno y sin pedir permiso” (p. 84).

Gallegos nos indica que “había cierto misterio en torno a su persona”, ya que es una persona con una multiplicidad de identificativos, pero no nombres. Un artículo de periódico lo llamaba: “The Man Without Country, en las cuales se protestaba contra cierta injusticia cometida con un ciudadano a quien no se nombraba, y que, a su decir era él; y aunque nunca [lo] explicó […] se le abrieron todas las puertas en espera de los ríos de dólares que iban a correr por la llanura” (p. 84 – 85).
 
Su función en la novela es la de construir un conflicto paralelo al de doña Bárbara, explota a Lorenzo Barquero y conoce los secretos de la Cacica, en cuyas trampas nunca ha caído.

4- Ño Pernalete
 
Las palabras que identifican su nombre tienen cierta cercanía con las de Mister Danger. El grado de transparencia es menor frente a las anteriores. No obstante, se puede observar que “ño” remite a “señor”, aunque desde la forma que podría utilizar cualquiera de los habitantes del llano. “Pernalete”, en tanto, se asocia a “pierna”. Esta palabra, en Latinoamérica puede hacer referencia a “colaboración”.
 
Pernalete queda definido como sigue: “Se parecía a casi todos los de su oficio [...] pues no poseía ni más ni menos que lo necesario para ser Jefe Civil de pueblos como aquél: una ignorancia absoluta, un temperamento despótico y un grado adquirido en correrías militares. De coronel era el que había ganado en las de su juventud; pero aunque sus amigos y servidores tendían a darle, a veces, el de general, el resto de la población del Distrito prefería llamarlo ño Pernalete” (p. 98). La caricaturización de su nombre va asociada a su carácter bárbaro: “no podía concebir la autoridad sino a la manera despótica como lo entiende el bárbaro, mucho menos se las toleraría a quien ya se había atrevido a invocar contra sus desmanes el imperio de la ley” (p. 189), y a su carácter traicionero: “era como las bestias que luego de derribar al jinete lo cocean en el suelo” (p. 192). Rtambién, en el pasado de la historia, sabemos que ha formado parte del grupo que asesina a los padres de Carmelito y Rafael.
 
Su autoritarismo puede encontrarse en sus gestos: “al decir así descargó todo el peso de su dictatorial machete sobre el escritorio del juez”, pero esto no lo hace ser necio ante la posibilidad de caer en el error: “Déspota por naturaleza, pero taimado al mismo tiempo, si ño Pernalete no aceptaba que se rebatiesen sus opiniones o procedimientos, también era cierto que si encontraba convincentes las razones contrarias, en seguida buscaba la manera de adoptarlas” (p. 190).
 
5- Juan Palacios, Pajarote
 
En este caso, la palabra “pajarote” resulta transparente en su sentido metafórico, puesto que se vincula humorísticamente con la persona: se asocia a lo caricaturesco, ya que no se trata de un “pájaro”.

El personaje es un “zambo” que se define a sí mismo sin nada que esconder: “yo no soy sino lo que se me ve por encima” (p. 39). Sus dotes artísticas destacan: “La vida andariega del encaminador de ganados y la imaginación vivaz suministrábanle mil aventuras que narrar, a cuál más extraordinaria” (p. 47). También: “tenía fama de ser el mejor bailador de zamuros de todos aquellos contornos, y, en efecto, lo ayudaba mucho lo canilludo y descalichado que era” (p. 150).

Su función principal en la novela la encuentra al acompañar a Santos al encuentro con el Brujeador: “si Pajarote no reclamaba esta gloria [del asesinato de el Brujeador], por una delicadeza de bárbara hidalguía, pues se trataba de una hazaña que muchos codiciaban y no quería regateársela al doctor” (p. 231). Su lealtad hacia Luzardo lo lleva a convencerlo de que acepte que no debe asumir el crimen en el que han participado: “Santos no pudo menos que sonreír: al dios de Pajarote, como al amigo del cuento de ño Pernalete, no le producían escrúpulos los puntos sobre las haches” (p. 233).
 
6- Juan Primito
 
El nombre de este personaje no resulta transparente. No obstante, partiendo de que en los personajes anteriores nos encontramos con una utilización caricaturesca de los nombres, en este caso podemos suponer lo mismo. Dentro de la lengua familiar, es sinónimo de “negro”; por extensión, se puede inferir un uso peyorativo, como “tonto”.

Su definición es clara: “Un bobo de allá de El Miedo, que todo lo descubre y es un telégrafo para transmitir novedades” (p. 30 – 31). La descripción física se ajusta a su carácter: “Greñudo, piojoso y con una barba hirsuta que no había manera de que conviniese en recortársela, era el recadero de doña Bárbara un bobo con alternativas de lunático furioso, aunque no desprovisto de atisbos de malicia., cuyas manías más singulares consistían en no beber el agua de las casas del El Miedo [...] y en colocar sobre los techos de los careyes cazuelas llenas de los más extraños líquidos para que bebiesen unos pájaros fantásticos que denominaba rebullones.” (p. 110)
 
7- Melquíades Gamarra, el Brujeador
 
En este personaje, el apodo resulta transparente frente al nombre; no obstante, si bien podemos suponer que en su nombre existen algunas resonancias con la palabra “mal”, la palabra verdaderamente significativa es “gamarra”, que significa “correa que aprieta el freno e impide que el caballo mueva la cabeza”. Respecto de la palabra “brujeador” resulta más significativa que “brujo”, puesto que connota un significado menos concluyente y determinativo.
 
Su descripción física apunta a su exotismo: “es uno de esos hombres inquietantes, de facciones asiáticas, que hacen pensar en alguna semilla tártara caída en América quién sabe cuándo ni cómo. Un tipo de razas inferiores, crueles y sombrías, completamente diferente del de los pobladores de la llanura” (p. 8). Su carácter queda definido como sigue: “– Piense usted lo peor que pueda pensar de un prójimo y agréguele todavía una miajita más [...] era un salteador de la montaña de San Camilo” (p. 10 - 11). Con doña Bárbara, comparte la afición por la brujería: “Brujos ambos, habían aprendido de los ‘dañeros’ indios a no mirarse nunca a los ojos” (p. 44), aunque su función es la de “espaldero”: “Era el espaldero de doña Bárbara uno de esos sujetos tortuosos y agazapados que siempre necesitan manifestar todo lo contrario de lo que sienten” (p. 45). Doña Bárbara dice: “Para las puñaladas, Melquíades” (p. 110). No obstante, la violencia que encarna queda matizada por su carácter: “la calma trágica de aquel hombre, que nunca se alteraba ni apresuraba por nada.” (p. 176)

La palabra “gamarra”, adquiere significado pleno cuando se conoce su principal “don”, “brujear” caballos: “La más inocente de las ocupaciones a que lo destinaba doña Bárbara era la de trasnochar caballos. Consistía esto en sorprender las yeguadas dormidas [...] y perseguirlas durante la noche [...] de manera que se encaminasen hacia un corral falso, disimulado al efecto entre el monte. De su condición de brujo y por haber sido él quien introdujo en la región este procedimiento que simplificaba las faenas de la caza de mostrencos, decíase de este oficio, indiferentemente, trasnochar o brujear caballos.” (p. 175)
 
8- Lorenzo Barquero
 
Sobre este personaje no resulta tan claro determinar la existencia de un verdadero simbolismo nominal. Partiendo de la intuición de que éste existe, podemos suponer que en la palabra “barquero” se encuentre la clave: si lo desciframos desde una perspectiva mitológica, podemos inferir que representa al conductor de los muertos al infierno. Evidentemente, en este caso nos alejaríamos del modelo arriba presentado, puesto que la palabra nos remitiría a su representación sólo a través de una connotación lejana, mediante su valor simbólico establecido en un contexto determinado, puesto que la palabra “barquero” cumple por sí misma con la idea de transparencia lingüística, aunque no con la misma claridad con la que sí lo hace, por ejemplo, la palabra “bárbara”.
 
Si aceptamos que Gallegos identifica el nombre del personaje con un símbolo, en primer lugar, debemos destacar que el mismo Lorenzo ha sido quien ha tomado el camino del infierno: “empezó a manifestarse en él un extraño caso de regresión moral [...] y tomó el camino del Llano” (p. 25) “y no fue necesario que transcurriera mucho tiempo para que de la gallarda juventud de aquel que parecía destinado a un porvenir brillante sólo quedara un organismo devorado por los vicios más ruines, una voluntad abolida, un espíritu de regresión brutal” (p. 26).

La identificación mitológica la podemos detectar cuando el autor utiliza el epíteto de “Espectro de la Barquereña” (p. 66) para referirse a él. Lorenzo es el anunciador del cambio de Santos Luzardo: “¡la llamada! El reclamo fatal de la barbarie” (p. 70). El llano ejerce sobre él una fuerza incontrolable: “– ¡La llanura! ¡La maldita llanura, devoradora de hombres!” (p. 72)
 
Como anteriormente señalamos, este personaje representa una involución, una evolución y nuevamente una involución, es un hombre destruido por doña Bárbara, al que Luzardo intenta recuperar, siendo esto imposible: “Ya era tiempo de ponerle fin a aquella mentira de su regeneración moral. [...] Allá en el rancho del palmar volvería a entregarse a la borrachera, allá estaba el tremedal que debía tragárselo.” (p. 184)

9- Los Mondragones
 
El significado del nombre de estos personajes no se encuentra en el colectivo que los identifica, sino en el de cada uno de ellos. Gallegos los presenta: “Eran los Mondragones tres hermanos, oriundos de las llanuras de Barinas, a los cuales por su bravura y fechorías apodaba: Onza, Tigre y León. Fugitivos por crímenes cometidos en los llanos de aquel Estado, pasaron al de Apure y, después de haber merodeado y practicado el abigeato durante algún tiempo, entraron al servicio de doña Bárbara”. (p. 61 – 62)
 
Como las parcas, ellos son una “temible trinidad” (p. 198); individualizándolos, nos encontramos con que cada uno de ellos es apodado como un felino, en grado creciente conforme a su ferocidad: la palabra “onza”, refiere a un felino salvaje, aunque domesticable, que habita en Asia; sobre la palabra “tigre” no resultan necesarios mayores comentarios, dada su transparencia; de igual modo, la palabra “león” también resulta transparente.
 
10- Marisela, Balbino Paiba, Antonio Sandoval, María Nieves, Carmelito, Rafael, Mujiquita

Sobre estos personajes no resulta posible establecer ninguna simbología respecto de sus nombres. Sí detectamos ciertas resonancias en los nombres: Marisela, nos remite lógicamente a la palabra “mar” y Mujiquita a la palabra “musiquita”; Balbino Paiba resulta casi cacofónico; y María Nieves, es el nombre femenino de un hombre. Sobre los otros, no podemos señalar nada.

Como conclusión, podemos volver sobre el comienzo de este trabajo. Allí mencionábamos que Gallegos pretendía mostrar los caracteres reales “que fuesen las causas o hechuras del infortunio de mi país”. ¿Podemos afirmar que cumple con su misión? Entendemos que no. Probablemente el paso del tiempo nos convierte en unos lectores diferentes de los que supuso nuestro autor. Hoy encontramos en los personajes de la obra unos caracteres singulares con notables valores literarios: identificamos personajes literarios, no símbolos basados en los vicios y las virtudes humanas ni enemigos del destino de una nación. Quizás éste sea el mayor logro de la obra.
 

Buscar en este blog

Seguidores